FamilyOn - 21.07.2020

 

Foto: senivpetro

 

Durante esta etapa de confinamiento pueden estar surgiendo rencillas y problemáticas agravadas por el hecho de estar encerrados. Y es que es justo en la adolescencia cuando los jóvenes empiezan a desligarse poco a poco de nosotros, sus padres, prueban el sabor de la independencia, comienzan a salir, a conocer gente, a enamorarse, a dejar de ser niños… Es un proceso de cambios y de evolución, un proceso que ahora mismo se ha visto interrumpido de golpe, sin previo aviso y con pocas herramientas para sobrellevar una situación tan complicada.

 

Muchas madres y padres están preocupados por sus hijos adolescentes, pues no saben cómo el confinamiento va a afectar a sus hijos, tienen miedo de que todo sea una riña constante o no saben bien qué medidas tomar en cuanto a límites y normas en casa. Por eso, compartimos a continuación la siguiente entrevista de FamilyOn con Ángel Peralbo, psicólogo, docente y escritor de libros como “Adolescentes: tu hijo no es tu enemigo” o “El adolescente indomable”, y le hemos trasladado todas las preguntas que teníamos sobre cómo llevar este confinamiento cuando tenemos hijos adolescentes, con la intención de que nos guíe y nos aclare todas estas dudas.

 

En estas semanas que llevamos de confinamiento son muchos los padres y madres de adolescentes que comparten una gran preocupación por el bienestar emocional de sus hijos, pues ven que esta situación está suponiendo un gran reto para ellos. ¿Qué podemos hacer los padres y madres para ayudarles a gestionarlo de la mejor manera posible?

 

Al margen del rol que ocupemos dentro de la familia o grupo, cada persona somos distintas en cuanto a nuestra forma de entender, de reaccionar, de asimilar, de reflexionar, en definitiva de digerir lo que está pasando. Por ello es importante, que como primer paso, padres y madres observen con atención y sin intención, es decir, no dando por supuesto nada y sí estando atentos a los indicadores que en la adolescencia hablan más sobre cómo se encuentran los hijos. A los adolescentes les molesta profundamente que se dé por hecho que por ser adolescentes piensan, sienten o actúan de determinada manera y en cambio, valoran muy positivamente que nos interesemos por ellos desde la incondicional muestra de que nos puedan contar lo que quieran. De la observación, los padres podrán ver si sus hijos adolescentes tienden a aislarse, están más irritables, o simplemente si tienen estados emocionales que les delatan. Les será de gran ayuda, facilitar un entorno de regularidad y relativa calma para que se sientan lo suficientemente tranquilos como para expresar y compartir, aunque sea mínimamente al principio, cómo se sienten. Cambios de humor, irritabilidad, estilos de respuesta alterados, …, especialmente cuando supongan un cambio claro con las semanas previas al confinamiento.

 

Estamos pasando mucho tiempo con ellos encerrados en el mismo espacio y, por lo tanto, los encontronazos son más frecuentes. ¿Cómo podemos evitar que todo sea motivo de discusión en casa?

 

La interrelación entre los miembros de la familia se basa mucho en estilos acostumbrados, por ello es posible que en parte, el confinamiento esté reflejando formas de comunicación que ya existían previamente; pese a esto, puede que los primeros días nos instaláramos en interacciones, discusiones y encontronazos y sin ser muy conscientes, ya se estén instaurando como habituales.

 

La primera idea realista que hemos de tener es que el conflicto es consustancial a las relaciones humanas y, por ello, el foco lo tendremos que poner en aprender a gestionarlos de la mejor manera posible, desde la calma, desde la búsqueda siempre del entendimiento por encima de todo; por ejemplo, con los adolescentes será mucho más inteligente encontrar una fórmula pactada que la mejor fórmula, por mucho que como padres siempre queremos lo mejor, el mejor horario, el mejor resultado, la mejor actitud, la mejor respuesta… ajustar expectativas al momento que vivimos, lo cual no significa en absoluto, hacer dejación de todo, sino buscar ese punto de equilibrio. En ocasiones se evita el conflicto olvidándose de que el adolescente está en casa. La solución es involucrarle como uno más, sentándole y pidiéndole que se implique, según su capacidad y disposición. Solo una actitud positiva, paciente y que permite a los padres entender que cada día vuelve a ser una oportunidad para seguir intentar la mejora de todo aquello que lo requiera.

 

Muchos padres y madres sienten los malos comportamientos de sus hijos adolescentes como una ofensa hacia ellos, como un ataque personal, sin embargo, en muchas ocasiones se trata de la forma que tienen ellos para expresar su desahogo emocional, ¿no es así?

 

En las relaciones, los círculos cuanto más íntimos son, más nos permiten que nuestros estados emocionales estén presentes y lideren muchas veces, el tono de la relación, a veces incluso, cuando en otros entornos nunca se darían. Como estilo acostumbrado, se dicen cosas y se utilizan formas, que ofenden, que alteran, que llegan a lo más hondo, aún cuando siempre representan más el estado emocional del adolescente que se expresa, que ninguna otra característica ni de los padres, ni del contenido. Ejemplo de ello, es el “Te odio” o “Eres la peor madre”.

 

El entorno familiar es, queramos o no, donde los hijos llegan a conocer sus propios límites, los de sus padres y madres y donde aprenden a regularse emocionalmente, aunque esto no será tarea fácil.

 

Algunos jóvenes están expresando sus emociones en forma de enfados o discusiones, pero también hay otras expresiones de este malestar que nos preocupan, como la tristeza, la ansiedad, problemas del sueño… ¿hay algo que podamos hacer los padres en este sentido?

 

Efectivamente existen problemas llamados exteriorizados y otros, denominados interiorizados; estos corresponden precisamente a la tristeza, ansiedad, psicosomáticos, etc., es decir, que no se ven directamente sino que los adolescentes los padecen especialmente de forma interna. Los padres han de buscar pistas indirectas como por ejemplo, cambios muy bruscos en su aparente estabilidad emocional, o estados mantenidos en el tiempo con aparente apatía general y poca energía observable, o disminución de las ganas de comer o todo lo contrario, ganas impulsivas de comer. Mi consejo a los padres es no basar las estrategias en las reacciones “típicamente paternales o maternales” como pueden ser las de insistir hasta la saciedad, para que coman, o para que duerman, o estar demasiado encima. Es preferible tratar de mostrarles un alto interés por aquello que les pueda preocupar, sea lo que sea y si no lo quieren compartir, mostrar apoyo incondicional y paciencia para que se vaya sintiendo cómodo, pero dejándole aire. Si se sienten escuchados, serán los propios adolescentes quienes darán señales de querer contar.

 

Se habla bastante de lo mal que lo pueden pasar los niños pequeños durante esta cuarentena. Sin embargo, en la adolescencia nuestros hijos empiezan a experimentar cambios, gozar de cierta independencia, y ahora han tenido que renunciar a eso y pasar más tiempo con nosotros, sus padres, justo en una etapa de sus vidas en la que suelen renegar completamente de nosotros. ¿Crees que ellos son los que peor pueden estar pasando esta etapa?

 

Considero que cada etapa tiene sus ventajas, sus puntos de apoyo pero también sus debilidades o lo que les puede hacer más vulnerable, especialmente en situaciones como el confinamiento. Si en circunstancias normales, los adolescentes viven su independencia especialmente fuera de casa, ahora lo hace en mayor medida aislándose dentro de su habitación, su fortaleza. La libertad que esto les proporciona, unida a la conexión que la red con el mundo exterior les permite, son sus grandes altares y les facilita mucho el encierro al que nos estamos todos viendo sometidos. Aún así están sus emociones que pueden entrar y salir de cierta ebullición así como su motivación que puede ir desde la euforia al aburrimiento a lo largo de una sola jornada. Y a esto hay que unir que los puntos de convivencia con sus padres a lo largo de un día también son más. La parte positiva de todo esto puede ser precisamente conseguir establecer un orden que permita canalizar todo ello para encontrar el equilibrio emocional, una motivación dosificada y hacer de la convivencia una oportunidad para mejorarla y combinarla perfectamente con la libertad que desea el adolescente.

 

¿Cómo puede afectar este periodo a nuestros hijos adolescentes? ¿Qué secuelas se pueden derivar del confinamiento y cómo podemos prepararnos para hacerles frente?

 

Tenemos que mirar lo que está ocurriendo como una realidad que nos impone una capacidad de adaptación más allá de lo que nos hubiéramos imaginado. Por ello, y porque la mentalidad adolescente cambia rápido y fluctúa entre un futuro que ven como lejano y un presente, del que muchas veces huyen y se evaden. Dado que habrá consecuencias en su curso lectivo, en su orden y horarios y en sus familias, a nivel de salud en muchos casos y económicos en otros, prepararnos para ello supondrá como primer paso que permitamos que sean conscientes de la realidad para que puedan aceptarla y esto se consigue reflexionando sobre ella, asumiendo las emociones que nos generen, todas sin discriminación, evitando que la mente se escape constantemente a través de las distracciones que hoy están a nuestro servicio. El segundo aspecto importante será involucrarlos en la dinámica familiar como uno más, más allá del niño que ya no es y muy cerca del adulto que casi es. Respetar el tiempo de cada uno, la necesidad del espacio personal pero también el trabajo colaborativo dentro de casa.

 

Muchos padres nos han comentado que durante el confinamiento se ha dificultado la imposición de límites, de manera que a algunos les preocupa que sus hijos se estén convirtiendo en los jefes de casa. ¿Qué consejo nos das para evitar que ocurra esto?

 

Si una adolescencia natural, y por lo tanto dentro de la normalidad, implica que los hijos pongan a prueba el entorno, a través de sus críticas, resistencias, manipulaciones, insistencias, etc., también necesita que el entorno, padres principalmente, se mantengan seguros, resistentes y firmes, imperturbables y asertivos.

 

Y para ello es importante, que:

 

– Cuando los padres se sientan cuestionados, no lo vivan como algo inaceptable sino como profundamente ligado a que sus hijos ya no son unos niños y necesitan criticar como parte del aprendizaje de su nueva identidad.

 

– Cuando los adolescentes quieran manejar el ritmo de la familia, compartir esas ganas y facilitar que puedan opinar, coparticipar y asumir que es importante su contribución, aunque los padres seguirán manteniendo el liderazgo. Aquí será importante que los padres pierdan el miedo a negociar y flexibilizar como antes nunca han tenido que hacer cuando sus hijos eran más pequeños.

 

– No perder nunca el rumbo que marca el afecto pues si intentamos marcar límites desde la alteración y el enfado nos veremos inmersos en conflictos permanentemente.

 

Tenemos claro que es imprescindible establecer normas de uso de la tecnología y redes sociales, pero claro, ahora los dispositivos electrónicos son la forma en que los jóvenes mantienen su vida social y se abstraen un poco de toda esta situación. ¿Deberíamos ser un poco más permisivos respecto al uso que hacen de las nuevas tecnologías durante el confinamiento?

 

El confinamiento hay que verlo desde la aceptación, como una situación atípica y circunstancial pero también incierta en su duración y con la vista puesta en una futura recuperación y vuelta a la normalidad. Por ello tenemos que anticiparnos y todo aquello que establezcamos ahora, intentar plantearlo de tal forma que sea sostenible y evitar que nos genere problemas en el futuro. Las nuevas tecnologías son un arma de doble filo, pues ahora nos proporcionan esa puerta abierta al mundo exterior pero a la vez pueden facilitar un excesivo aislamiento por parte del adolescente, además de una apatía y aburrimiento por abusar de ellas y por otro lado, una futura vuelta a la normalidad complicada. La permisividad aquí debería de llegar hasta donde llegue el compromiso del adolescente por mantener otras distracciones que permitan que sea sostenible con momentos familiares, orden razonable en las horas de sueño, implicación en obligaciones dentro de casa y otras tareas que eviten que lo electrónico tenga esa exclusividad que tanto nos preocupaba antes y nos puede preocupar después.

 

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