Emma Young / Mosaic Science - 16.10.2017

 

 

 

La autora Emma Young expuso el caso de Islandia en un completo artículo publicado en Mosaic Science, puesto que en los últimos 20 años este país ha reducido radicalmente el consumo de tabaco, drogas y bebidas alcohólicas entre los jóvenes. ¿Cómo lo ha conseguido y por qué otros países no siguen su ejemplo? A continuación algunos apartes del artículo, traducido por ElPais.com

 

***

 

Actualmente, Islandia ocupa el primer puesto de la clasificación europea en cuanto a adolescentes con un estilo de vida saludable. El porcentaje de chicos de entre 15 y 16 años que habían tenido una borrachera el mes anterior se desplomó del 42% en 1998 al 5% en 2016. El porcentaje de los que habían consumido cannabis alguna vez ha pasado del 17 al 7%, y el de fumadores diarios de cigarrillos ha caído del 23% a tan solo el 3%.

 

Hace 20 años, cuenta Gudberg Jónsson -psicólogo islandés-, que los adolescentes islandeses eran de los más bebedores de Europa. “El viernes por la noche no podías caminar por las calles del centro de Reikiavik porque no te sentías seguro”, añade Harvey Milkman, catedrático de Psicología estadounidense que da clases en la Universidad de Reikiavik. “Había una multitud de adolescentes emborrachándose a la vista de todos”.

 

El país ha conseguido cambiar la tendencia por una vía al mismo tiempo radical y empírica, pero se ha basado en gran medida en lo que se podría denominar “sentido común forzoso”. “Es el estudio más extraordinariamente intenso y profundo sobre el estrés en la vida de los adolescentes que he visto nunca”, elogia Milkman. “Estoy muy impresionado de lo bien que funciona”.

 

Si se adoptase en otros países, sostiene, el modelo islandés podría ser beneficioso para el bienestar psicológico y físico general de millones de jóvenes, por no hablar de las arcas de los organismos sanitarios o de la sociedad en su conjunto. Un argumento nada desdeñable.

 

La tesis doctoral de Milkman concluía que las personas elegían la heroína o las anfetaminas dependiendo de cómo quisiesen lidiar con el estrés. Los consumidores de heroína preferían insensibilizarse, mientras que los que tomaban anfetaminas preferían enfrentarse a él activamente. Cuando su trabajo se publicó, Milkman entró a formar parte de un grupo de investigadores reclutados por el Instituto Nacional sobre el Abuso de Drogas de Estados Unidos para que respondiesen a preguntas como por qué empieza la gente a consumir drogas, por qué sigue haciéndolo, cuándo alcanza el umbral del abuso, cuándo deja de consumirlas y cuándo recae.

 

“Cualquier joven de la facultad podría responder a la pregunta de por qué se empieza, y es que las drogas son fáciles de conseguir y a los jóvenes les gusta el riesgo. También está el aislamiento, y quizá algo de depresión”, señala. “Pero, ¿por qué siguen consumiendo? Así que pasé a la pregunta sobre el umbral del abuso y se hizo la luz. Entonces viví mi propia versión del “¡eureka!”. Los chicos podían estar al borde de la adicción incluso antes de tomar la droga, porque la adicción estaba en la manera en que se enfrentaban a sus problemas”.

 

En la Universidad Estatal Metropolitana de Denver, Milkman fue fundamental para el desarrollo de la idea de que el origen de las adicciones estaba en la química cerebral. Los menores “combativos” buscaban “subidones”, y podían obtenerlos robando tapacubos, radios, y más adelante, coches, o mediante las drogas estimulantes. Por supuesto, el alcohol también altera la química cerebral. Es un sedante, pero lo primero que seda es el control del cerebro, lo cual puede suprimir las inhibiciones y, a dosis limitadas, reducir la ansiedad.

 

“La gente puede volverse adicta a la bebida, a los coches, al dinero, al sexo, a las calorías, a la cocaína… a cualquier cosa”, asegura Milkman. “La idea de la adicción comportamental se convirtió en nuestro distintivo”.

 

De esta idea nació otra. “¿Por qué no organizar un movimiento social basado en la embriaguez natural, en que la gente se coloque con la química de su cerebro –porque me parece evidente que la gente quiere cambiar su estado de conciencia– sin los efectos perjudiciales de las drogas?”

 

En 1992, su equipo de Denver había obtenido una subvención de 1,2 millones de dólares del Gobierno para crear el Proyecto Autodescubrimiento, que ofrecía a los adolescentes maneras naturales de embriagarse alternativas a los estupefacientes y el delito. Solicitaron a los profesores, así como a las enfermeras y los terapeutas de los centros escolares, que les enviasen alumnos, e incluyeron en el estudio a niños de 14 años que no pensaban que necesitasen tratamiento, pero que tenían problemas con las drogas o con delitos menores.

 

“No les dijimos que venían a una terapia, sino que les íbamos a enseñar algo que quisiesen aprender: música, danza, hip hop, arte o artes marciales”. La idea era que las diferentes clases pudiesen provocar una serie de alteraciones en su química cerebral y les proporcionasen lo que necesitaban para enfrentarse mejor a la vida. Mientras que algunos quizá deseasen una experiencia que les ayudase a reducir la ansiedad, otros podían estar en busca de emociones fuertes.

 

Al mismo tiempo, los participantes recibieron formación en capacidades para la vida, centrada en mejorar sus ideas sobre sí mismos y sobre su existencia, y su manera de interactuar con los demás. “El principio básico era que la educación sobre las drogas no funciona porque nadie le hace caso. Necesitamos capacidades básicas para llevar a la práctica esa información”, afirma Milkman. Les dijeron a los niños que el programa duraría tres meses. Algunos se quedaron cinco años.

 

En 1991, Milkman fue invitado a Islandia para hablar de su trabajo, de sus descubrimientos y de sus ideas. Se convirtió en asesor del primer centro residencial de tratamiento de drogadicciones para adolescentes del país, situado en la ciudad de Tindar. “Se diseñó a partir de la idea de ofrecer a los chicos cosas mejores que hacer”, explica. Allí conoció a Gudberg, que por entonces estudiaba Psicología y trabajaba como voluntario. Desde entonces son íntimos amigos.

 

Al principio, Milkman viajaba con regularidad a Islandia y daba conferencias. Estas charlas y el centro de Tindar atrajeron la atención de una joven investigadora de la Universidad de Islandia llamada Inga Dóra Sigfúsdóttir. La científica se preguntaba qué pasaría si se pudiesen utilizar alternativas sanas a las drogas y el alcohol dentro de un programa que no estuviese dirigido a tratar a niños con problemas, sino, sobre todo, a conseguir que los jóvenes dejasen de beber o de consumir drogas.

 

¿Has probado el alcohol alguna vez? Si es así, ¿cuándo fue la última vez que bebiste? ¿Te has emborrachado en alguna ocasión? ¿Has probado el tabaco? Si lo has hecho, ¿cuánto fumas? ¿Cuánto tiempo pasas con tus padres? ¿Tienes una relación estrecha con ellos? ¿En qué clase de actividades participas?

 

En 1992, los chicos y chicas de 14, 15 y 16 años de todos los centros de enseñanza de Islandia rellenaron un cuestionario con esta clase de preguntas. El proceso se repitió en 1995 y 1997.

 

Los resultados de la encuesta fueron alarmantes. A escala nacional, casi el 25% fumaba a diario, y más del 40% se había emborrachado el mes anterior. Pero cuando el equipo buceó a fondo en los datos, identificó con precisión qué centros tenían más problemas y cuáles menos. Su análisis puso de manifiesto claras diferencias entre las vidas de los niños que bebían, fumaban y consumían otras drogas, y las de los que no lo hacían. También reveló que había unos cuantos factores con un efecto decididamente protector: la participación, tres o cuatro veces a la semana, en actividades organizadas –en particular, deportivas–; el tiempo que pasaban con sus padres entre semana; la sensación de que en el instituto se preocupaban por ellos, y no salir por la noche.

 

“En aquella época había habido toda clase de iniciativas y programas para la prevención del consumo de drogas”, cuenta Inga Dóra, que fue investigadora ayudante en las encuestas. “La mayoría se basaban en la educación”. Se alertaba a los chicos de los peligros de la bebida y las drogas, pero, como Milkman había observado en Estados Unidos, los programas no daban resultado. “Queríamos proponer un enfoque diferente”.

 

El alcalde de Reikiavik también estaba interesado en probar algo nuevo, y muchos padres compartían su interés, añade Jón Sigfússon, compañero y hermano de Inga Dóra. Por aquel entonces, las hijas de Jón eran pequeñas, y él entró a formar parte del nuevo Centro Islandés de Investigación y Análisis social de Sigfúsdóttir en 1999, año de su fundación. “Las cosas estaban mal”, recuerda. “Era evidente que había que hacer algo”.

 

Utilizando los datos de la encuesta y los conocimientos fruto de diversos estudios, entre ellos el de Milkman, se introdujo poco a poco un nuevo plan nacional. Recibió el nombre de Juventud en Islandia.

 

Las leyes cambiaron. Se penalizó la compra de tabaco por menores de 18 años y la de alcohol por menores de 20, y se prohibió la publicidad de ambas sustancias. Se reforzaron los vínculos entre los padres y los centros de enseñanza mediante organizaciones de madres y padres que se debían crear por ley en todos los centros junto con consejos escolares con representación de los padres. Se instó a estos últimos a asistir a las charlas sobre la importancia de pasar mucho tiempo con sus hijos en lugar de dedicarles “tiempo de calidad” esporádicamente, así como a hablar con ellos de sus vidas, conocer a sus amistades, y a que se quedasen en casa por la noche.

 

Asimismo, se aprobó una ley que prohibía que los adolescentes de entre 13 y 16 años saliesen más tarde de las 10 en invierno y de medianoche en verano. La norma sigue vigente en la actualidad.

 

Casa y Escuela, el organismo nacional que agrupa a las organizaciones de madres y padres, estableció acuerdos que los padres tenían que firmar. El contenido varía dependiendo del grupo de edad, y cada organización puede decidir qué quiere incluir en ellos. Para los chicos de 13 años en adelante, los padres pueden comprometerse a cumplir todas las recomendaciones y, por ejemplo, a no permitir que sus hijos celebren fiestas sin supervisión, a no comprar bebidas alcohólicas a los menores de edad, y a estar atentos al bienestar de sus hijos.

 

Estos acuerdos sensibilizan a los padres, pero también ayudan a reforzar su autoridad en casa, sostiene Hrefna Sigurjónsdóttir, directora de Casa y Escuela. “Así les resulta más difícil utilizar la vieja excusa de que a los demás les dejan hacerlo”.

 

Se aumentó la financiación estatal de los clubs deportivos, musicales, artísticos, de danza y de otras actividades organizadas con el fin de ofrecer a los chicos otras maneras de sentirse parte de un grupo y de encontrarse a gusto que no fuesen consumiendo alcohol y drogas, y los hijos de familias con menos ingresos recibieron ayuda para participar en ellas. Por ejemplo, en Reikiavik, donde vive una tercera parte de la población del país, una Tarjeta de Ocio facilita 35.000 coronas (250 libras esterlinas) anuales por hijo para pagar las actividades recreativas.

 

Un factor decisivo es que las encuestas han continuado. Cada año, casi todos los niños islandeses las rellenan. Esto significa que siempre se dispone de datos actualizados y fiables.

 

Entre 1997 y 2012, el porcentaje de adolescentes de 15 y 16 años que declaraban que los fines de semana pasaban tiempo con sus padres a menudo o casi siempre se duplicó ¬–pasó del 23 al 46%–, y el de los que participaban en actividades deportivas organizadas al menos cuatro veces por semana subió del 24 al 42%. Al mismo tiempo, el consumo de cigarrillos, bebidas alcohólicas y cannabis en ese mismo grupo de edad cayó en picado.

 

“Aunque no podemos presentarlo como una relación causal –lo cual es un buen ejemplo de por qué a veces es difícil vender a los científicos los métodos de prevención primaria– la tendencia es muy clara”, observa Kristjánsson, que trabajó con los datos y actualmente forma parte de la Escuela Universitaria de Salud Pública de Virginia Occidental, en Estados Unidos. Los factores de protección han aumentado y los de riesgo han disminuido, y también el consumo de estupefacientes. Además, en Islandia lo han hecho de manera más coherente que en ningún otro país de Europa”.

 

 

Este artículo fue publicado originalmente en inglés por Mosaic Science. Autora: Emma Young

 

 

Por Mª José Calvo para LaFamilia.info 

 

Foto: Freepik 

 

Alguien dijo en una ocasión que tener un hijo adolescente era como convivir con una persona con cierta “locura pasajera”… Pero, ¿por qué se comportan de esa manera? 

 

Es un periodo en que se encuentran tan cambiados física, y psicológicamente, que están desconcertados. Y por otra parte, descubren su “yo”, aunque no se reconocen. Quieren ser ellos mismos, pero no saben cómo; son tremendamente inseguros. Por eso se dice que "lo que le pasa al adolescente es que no sabe qué le pasa…"

 

En esta etapa es cuando nace la intimidad, la vida interior; y por eso es tan importante. Comprende una travesía de la que no conocen la meta. Son inseguros, pero no quieren protección: quieren ser ellos mismos.

 

Por eso es necesario que se sientan queridos. Tenemos que conocerles para poder comprenderles y, de esa forma, que se sientan valorados, acogidos y queridos. Estas son algunas características que todo papá de un adolescente debe saber:

 

1. Nace su intimidad

 

Descubre su “yo”, pero no se reconoce. Descubre su interioridad y la protege. Por eso necesita tranquilidad, islas de silencio, para reflexionar sobre su vida. No le gusta que indaguemos en su intimidad: quiere que le respetemos su autonomía, su forma de ser, sus conversaciones, sus cosas.

 

Piensa por cuenta propia y por eso se cuestiona nuestras ideas y valores. Pero es preciso decirle lo bueno que tiene, para que lo sepa y lo desarrolle… Porque muchas veces no lo saben: solo ven lo negativo que tienen, incluso aumentado.

 

2. Se define su personalidad y necesita autoafirmarse

 

No quiere ayudas porque quiere hacerlo él mismo, aunque a veces no sabe cómo. 

 

Discute por sistema, porque quiere afirmar su independencia, su pensamiento… Por ello se rebela contra todo: sobre todo contra sus padres. 

 

Por eso hay que saber por qué se comportan así; porque quieren ser ellos mismos, actuar por cuenta propia con su pensamiento, sus acciones, etc. Y no debemos impedirles su crecimiento, aunque sí, orientarlo.

 

3. Cambia su imagen

 

A veces crecen muy rápido, y no les gusta el resultado. Pueden tener complejos y lo pasan muy mal. Por eso hay que decirles lo positivo que tienen, porque ellos no son muy objetivos. Para que se valoren, para elevar su autoestima.

 

4. Inestabilidad afectiva

 

No controlan sus sentimientos o estados de ánimo. El sistema límbico, estrato anatómico fundamental de la afectividad, está a tope por su desarrollo hormonal. Tienen gusto por emociones fuertes, por el riesgo; porque valoran mucho la recompensa emocional por esas actividades.

 

Pero parte de su cerebro no ha madurado totalmente: en  concreto la corteza prefrontal, que es lo último en madurar, con el pensamiento, el autocontrol, el control de impulsos, la toma de decisiones, el juicio… (Leer más > maduración cerebral). 

 

Entonces son todo emociones vividas al máximo, sin un control que racionalice sus vivencias. Y como pueden estar efusivos en un instante, en otro se hunden en el más profundo abismo por algo insignificante.

 

Su cerebro está aprendiendo a manejarse, pero el control y el pensamiento no están totalmente operativos. Su afectividad está al máximo, pero sufre desajustes que no saben controlar.

 

Por eso dan prioridad a los estímulos, a los impulsos, al “me apetece”, sobre lo lógico o razonable. Porque no tienen el filtro de la inteligencia, ni el autocontrol operativos.

 

5. Inseguridad por todos estos cambios 

 

Intentan demostrar, sobre todo a ellos mismos, que pueden. Ven todo en negativo, y su autoestima suele ser baja. Por eso se muestran prepotentes o insolentes a veces o con conductas agresivas.

 

6. Incertidumbre

 

No saben lo que quieren. Por eso necesitan nuestro cariño, nuestra confianza y nuestra claridad de miras para ayudarles, para ir encauzando acontecimientos hacia su madurez. Pero desde un segundo plano.

 

7. Esperan una libertad entendida como mayor autonomía

 

No entienden que las acciones tienen sus consecuencias. Que la libertad conlleva responsabilidad: que va “de la mano” de la responsabilidad. Son como las dos caras de la misma moneda. Es preciso explicárselo.

 

Y en familia podemos darles responsabilidades. Son como “cotas” que tienen que ir alcanzando con su comportamiento responsable, para tener más libertad: se la tienen que ir ganando…

 

Por otra parte, como la corteza prefrontal no ha madurado, no podemos dejarles solos ante situaciones que les desborden, que no pueden controlar. Porque son todo “acelerador”, y nada de “freno”, aunque ellos no se den cuenta o crean ser ya “maduros”.

 

8. Descubren el valor de la amistad

 

Y por eso, muchas veces la anteponen a la familia. Pero no significa que no la valoren. Solo que ven en los amigos algo muy importante, con quienes pueden conectar, y a quienes les pasa lo mismo: que son unos incomprendidos.

 

En resumen, necesitan que les ayudemos a aprovechar sus enormes posibilidades para madurar y mejorar como personas. También a ver las grandes energías que hay en su interior y que luchan por salir. Y que les ayudemos a desarrollarse, fijándonos especialmente en sus fortalezas y talentos, en sus cualidades “especiales”, en lo bueno que tienen, en el esfuerzo que ponen, para que lo fomenten y lo pongan al servicio de los demás.

 

Necesitan que confiemos en ellos, que les creamos capaces de grandes retos. Que les ayudemos en el proceso de formación de su personalidad, pero dejándoles ser “ellos mismos”. En definitiva, que les ayudemos a madurar, respetando su intimidad, sus cosas.

 

Y el cariño que les damos es el artífice de su maduración. A mayor rebeldía, necesitan mayor cariño, pero un cariño incondicional, pase lo que pase… Es como si nos dijeran: “si te importo, ¡préstame atención!”

 

* Colaboración de Mª José Calvo para LaFamilia.info. Médico de familia por la Universidad de Navarra y Orientadora familiar y conyugal por IPAO, y a través del ICE de la Universidad de Navarra. Colaboradora habitual en la revista “Hacer Familia” sobre temas de pareja. optimistaseducando.blogspot.com.co  

 

 

LaFamilia.info - 23.06.2017

 

Foto: Pixabay 

 

Muchos la consideran una droga “light”, incluso algunos aseguran que no causa adicción, pero lamentablemente cada vez son más los jóvenes que consumen marihuana y ahí quedan atrapados, como es el caso de Marcelo Alejandro Crespo, un joven que subió a su Facebook esta carta que se ha hecho viral, y que merece que todos los chicos la lean.

 

 

El porro no hace nada (y yo me lo creí)

Por Marcelo Alejandro Crespo

 

Mi padres siempre me dijeron que la droga mata, sin embargo veía tantos chicos fumar marihuana y ninguno se moría. Pero eso sí, veía que mis amigos, cuando fumaban, empezaban a reírse y a divertirse.

 

Ellos te dicen: lo que mata es el cigarrillo de tabaco, por eso yo fumo marihuana. Pero yo me pregunto, ¿el porro no se hace con tabaco? Se desarma un cigarrillo, se saca el tabaco, se mezcla con marihuana y se enrolla en un papelito. O sea que igual pasa todo a los pulmones, y encima no tiene filtro como el cigarrillo de tabaco.

 

Ante la duda voy a preguntar si la marihuana mata, directamente a la fuente, o sea a los que fuman, y me responden que no, que son mentiras. Relaja, te divierte y te sientes genial. Ante esta certeza, los padres también se dejan convencer. “Lo hacen todos, fuman en todos lados, te hace estar bien, es un pasatiempo.”

 

Con este panorama los padres quedan sin armas: ¿cómo le voy a sacar a mi hijo esta golosina, que tanto le gusta, si lo hacen todos?

  

Y encima, si dicen que no, parece que estuvieran en contra de la sociedad y, si muestran su preocupación a otros padres, es probable que estos no les vuelvan a dirigir la palabra, porque el hijo de ellos se puede contagiar.

  

Mis amigos siguen convencidos de que fumar no te causa ningún problema, y me convencieron. Y estaba bien, porque me gustaba hacerlo.

 

Aunque después empezó a haber problemas en mi casa. En mi familia me decían que no se me podía hablar, que reaccionaba mal, estaba más irritado. Es que no quería que se metieran en mis cosas, yo con la marihuana encontré la tranquilidad que necesitaba. Tenía unos problemas en el colegio que no me dejaban dormir, y con el porro estaba bien. Hasta mi novia me dejó, pero ya no me importaba nada.

  

Dejé de ir al la discoteca, y estaba con los muchachos inclusive en los horarios que tenía que ir a la escuela. Mi mamá se enojaba porque a casa iba sólo a comer y a encerrarme en mi habitación.

  

Juan, mi amigo que nunca consumió, dice que yo sentía que estaba genial, porque no me daba cuenta de la realidad. La marihuana altera lo que yo percibo o lo que capto de las cosas y veo una realidad diferente al que no fuma. Según el nivel de marihuana que tenga en mi cerebro, proyecto, vuelo, medito sobre mi vida. Me hacía unos castillos fantásticos, en el aire, pero después no concretaba nada.

  

Y, como es variable, cambiaba mis proyectos semana a semana, año a año, abandoné la escuela, o cada año cambié de carrera universitaria. En realidad, me costaba estudiar, me pasaba horas sobre la misma página del libro, y me costaba memorizar, empezaba a olvidarme algunas cosas.

 

Yo pensaba que controlaba, que estaba más de cinco días sin fumar y no me pasaba nada. A esto, mi amigo me respondía que, como la marihuana queda depositada en el cerebro, se hace una reserva de cannabis. Entonces, siempre tenía una dosis diaria, por lo que la abstinencia o la desesperación con nerviosismo, enojo, ansiedad, sudoración, por no fumar aparecen como a los 10 días más o menos. Es una abstinencia física o psicológica, o sea que me desespero y tengo muchas ganas de estar con mis amigos consumidores. Si uno fuma muy seguido, se tarda como un mes en desintoxicarse totalmente. Es increíble, puedo pasar 3 semanas sin fumar, y en cambio el análisis de orina sigue dando positiva a tetrahidrocannabinoides (cannabis-marihuana).

 

Hoy tengo 24 años y estoy en una comunidad terapéutica. Mis padres, cansados de que yo siga “vegetando” y no concluyendo nada, me internaron. Yo me negué siempre, y decía que era mayor de edad. Ellos me plantearon que si elegía seguir con la misma vida, no me iban a mantener más. Y yo en ese momento, ¿qué trabajo iba a conseguir?, ¡si no terminé nada! Los trabajitos que siempre hago no me alcanzan para alquilarme nada.

 

Entonces, por más que esté pasado de marihuana, no soy un tonto, “como no tengo para alquilar o comer, me quedo en un centro de rehabilitación, así los dejo tranquilos por un tiempo y después volvería a lo mismo”, así lo pensé.

 

Al dejar el porro, empiezo a tomar más conciencia de la realidad, y cuando miro para atrás, me doy cuenta de cómo me engañé por tanto tiempo. A veces me siento como un estúpido, infantil, que llora por su mamá o por una pequeña frustración. Parece que todavía tuviera 14 años, que hubiera dejado de madurar el día que me enganché y me enamoré de la marihuana. No aprendí a resolver problemas, no aprendí de las experiencias, todo lo tapaba con un porrito.

 

Entre el alcohol y la marihuana, que me planchaban tanto, a veces tenía que enchufarme un poco con cocaína. Eso sí, a veces me asustaba, porque terminé en el hospital dado que el corazón parecía que se me salía del pecho.

 

Cuando entré al centro de rehabilitación no me quería quedar porque había varios chicos que estaban locos-locos, y yo era sólo marihuanero. Pero después supe que empezaron como yo, enamorándose del porro. Escuchaban voces (alucinaciones auditivas), hablaban solos y no coordinaban mucho lo que decían, a pesar de estar ahí desde hace varios meses sin consumir drogas. La marihuana en algunas personas desencadena una psicosis (no tener contacto con la realidad, entre otras cosas), en algunos mejora con medicación y si no fuman más marihuana y, en otros, lamentablemente no se recuperan más de su enfermedad mental, y se diagnostica una esquizofrenia.

 

Para entender un poco mejor empecé a leer, y supe que las drogas estimulan la liberación de una sustancia (neurotransmisor) que se llama dopamina. Esta sustancia estimula una zona del cerebro, que se llama Centro de Recompensa, dando como resultado una sensación de placer. La persona quiere repetir esta sensación, aumentando la frecuencia y la cantidad del consumo, siendo muy difícil decir que “no” a “eso” que le da placer, y encima “lo hacen todos”.

 

A medida que se aumenta el consumo, las neuronas se acostumbran, se van adaptando al nuevo invitado químico, produciendo cambios en sus estructuras, con el tiempo, y posteriormente se hace muy difícil o imposible dejarlo. Por eso se dice que la adicción es una enfermedad, ya que intervienen mecanismos biológicos, no sólo psicológicos y no se cura sólo con la voluntad. El Centro de Recompensa es también estimulado por la comida, el agua, sexo, deporte, entre otras cosas. Pero el placer llega más lento que con la droga.

 

Esta es la propiedad mágica de la droga, que hace sentir placer inmediatamente, y cuanto más rápido se logra este efecto, más adictiva es, o sea más riesgos se corren de no querer abandonarla. Uno se enamora, se casa, y lo mas triste es que no te podes divorciar. Creo que ese es el desafío del comercio actual, cada vez la mezclan con más sustancias raras, para hacerlas más adictivas.

 

Cuánto tiempo perdí por creer que la marihuana no hace nada.

 

Más de este tema > 10 Motivos por los que no es 'cool' fumar marihuana

 

VibrantHomeschooloing.com 

 

Foto: Freepik

 

La adolescencia es un mundo nuevo para los padres, y llegar preparados a ésta hace una gran diferencia. Por eso, teniendo en cuenta que cada familia es diferente y cada persona es distinta, estos son cinco principios propuestos por VibrantHomeschooloing.com que pueden ayudarnos a tener una mejor relación con nuestros adolescentes.

 

1. Definición: no lo sigas tratando como un niño

 

Hay una diferencia enorme entre ser niño y ser un adulto joven. Nuestros hijos adolescentes se sienten frustrados cuando sienten que siguen siendo tratados como niños. Ellos están empezando a verte a ti y al mundo de manera diferente. Y ellos mismos ya no se sienten niños, pero tampoco saben muy bien cómo dejar de hacerlo. Les falta definir bien los cambios que están sucediendo y te necesitan a ti para ayudarlos en este proceso de definición.

 

2. Autonomía guiada: permítele tomar decisiones

 

Los adolescentes necesitan tener la oportunidad de comenzar a tomar decisiones y desarrollar un sentido de autoridad. Esto es perfectamente normal y saludable. Deberíamos animarlos y ayudarlos para que empiecen a formarse como personas individuales cada vez más independientes. Los niños dependen de sus padres para todo. Los jóvenes quieren una oportunidad para ejercitar su autonomía. Tenemos que darles la oportunidad de tomar decisiones, de fallar y equivocarse porque no siempre estaremos allí para resolver sus problemas.

 

3. Comprensión: conéctate con sus sentimientos

 

A veces ni siquiera los mismos adolescentes saben lo que sienten o comprenden las razones de su comportamiento. Y menos nosotros los padres. Por eso es tan importante que ellos vean nuestro esfuerzo en entenderlos y, más aún, en ayudarles a ellos mismos a entender mejor sus cambios, actitudes y reacciones. Sentarnos con ellos, hablar con ellos, escucharlos, contarles alguna experiencia similar que nosotros hemos atravesado cuando teníamos su edad, orientarlos en la toma de decisiones, ayudarles a ver los pros y los contras de alguna situación… serán cosas que ayuden a tu hijo adolescente a ver que, aunque no comprendas completamente cada detalle de alguna situación que pueda surgir, estás haciendo todo lo posible para entenderlo.

 

4. Amor: identifica sus necesidades individuales

 

Los padres quieren a sus hijos, pero a veces los hijos sienten que nosotros no los amamos o que queremos más a uno de sus hermanos. Debemos aprender a hacer sentir a cada uno de nuestros hijos amado y, para lograrlo, debemos identificar sus necesidades individuales. Mostremos nuestro afecto en cada momento que podamos, dediquemos tiempo, hagamos con ellos cosas que les gusten. Ahora que están creciendo podemos compartir momentos en la cocina, haciendo algún proyecto juntos, o comiendo en algún sitio algo rico. Da tiempo y atención individual a tus adolescentes.

 

5. Respeto: corrige con amor 

 

Los adolescentes saben que se equivocan y cometen errores. Y están dispuestos a ser corregidos y superar situaciones difíciles con ayuda y guía. Pero esa ayuda y esa guía deben partir desde el respeto. Ya no son niños a los que se les deba hacer todo y que necesitan que les resuelvas los problemas. Muestra respeto sentándote con ellos cuando se equivocan,  teniendo una conversación sobre lo que ha sucedido y ayudándoles a pensar qué han aprendido y cómo evitar el mismo error.

 

Más artículos de este tema >

 

Fernando Rodríguez-Borlado/Aceprensa - 09.06.2017

 

Foto: Freepik 

 

El acoso no virtual sigue siendo mayoritario, pero entre los adolescentes está aumentando el cyberbullying, que extiende el sufrimiento de la víctima más allá del horario escolar.

 

La Fundación ANAR (Ayuda a Niños y Adolescentes en Riesgo) y la Fundación Mutua Madrileña acaban de publicar conjuntamente el Estudio sobre ciberbullying según los afectados. Este trabajo supone la continuación de otro presentado en abril de este año sobre el acoso escolar en general. El maltrato “virtual” (a través de pantallas, fundamentalmente la del móvil) es un fenómeno que frecuentemente se da interrelacionado con el “presencial”: aquel suele ser una extensión de este.

 

La información en la que se basa el estudio ha sido recabada a través del Teléfono ANAR, que cuenta con dos líneas de ayuda: una de atención a las propias víctimas de acoso y otra para adultos de su entorno que conozcan los hechos. Se han analizado 550 casos del total de 1.363 atendidos entre 2013 y 2015. De ellos, 127 de ellos han sido calificados como ciberacoso. El porcentaje de llamadas realizadas por adultos es claramente mayor en los casos de abuso virtual que en el resto. Esto puede deberse a que los menores son más proclives a contar a sus padres este tipo de maltrato (el 81% lo había hecho), o a que a menudo no lo consideran un hecho suficientemente grave como para llamar directamente.

 

Perfil de la víctima

 

Tomando en conjunto todos los tipos de abuso, se aprecian importantes diferencias por sexo de la víctima. Entre las masculinas predomina el acoso presencial y físico. En casi la mitad de los casos existe algún tipo de episodio violento (en cambio, apenas llega al 30% entre las chicas). Los hechos se producen más en el recreo que en las aulas o fuera del colegio, dos ámbitos en los que sí es bastante frecuente el acoso a chicas. Aunque los chicos se enfrentan más a sus acosadores, también acuden en mayor medida a tratamiento psicológico, si bien es cierto que muchos ya acudían antes de que se produjeran los hechos. Entre los chicos maltratados es más habitual encontrar falta de habilidades sociales (previas o causadas por los abusos); quizá por ello una gran mayoría de ellos vuelve a sufrir problemas parecidos incluso después de cambiar de colegio.

 

En cambio, en el acoso a chicas es más frecuente encontrar conductas de tipo no físico, como el aislamiento o las amenazas. El ciberacoso está muy presente (siete de cada diez víctimas de este tipo de acoso son chicas), y su cauce fundamental es el móvil (el 95%). El cambio de colegio evita que se repitan los problemas en casi el 40% de los casos, en gran medida porque supone un corte físico y virtual con sus antiguos compañeros y compañeras. Solo una de cada seis se enfrenta a quien la acosa, y aunque recurren con menos frecuencia a un psicólogo después de los hechos, experimentan más episodios de ansiedad y tristeza.

 

El tipo de acoso también varía según la edad. Hasta los nueve años el más frecuente es el abuso físico. En casi la mitad de los casos solo hay un agresor (una proporción que desciende según aumenta la edad de la víctima), y este es mayoritariamente un varón (76%). La denuncia viene casi siempre de un adulto, habitualmente la madre.

 

El ciberacoso, fenómeno adolescente

 

Entre los acosados de 10 a 12 años (preadolescentes) y de 13 a 17 (adolescentes), aumenta la proporción de agresiones no físicas, sobre todo insultos, amenazas y aislamiento. En la medida en que el cyberbullying empieza a estar más presente (representa un 36% de las llamadas entre los adolescentes), crece el acoso fuera del colegio. También sube el porcentaje de chicas entre los agresores, aunque sigue siendo menor que el de varones. El acoso se realiza sobre todo en grupo, habitualmente de entre dos y cinco personas. Suele ser la propia víctima quien realiza la denuncia, salvo en los casos de ciberacoso.

 

Aunque el cyberbullying frecuentemente es una extensión de otro tipo de abusos, al mismo tiempo posee algunos rasgos específicos. La edad media de los que denuncian es superior: 13,6 frente a 11,6 años. Hacia los 14 años, el maltrato no tecnológico va en remisión, pero el ciberacoso está en pleno apogeo. Según los testimonios de los menores, este tipo de acoso comienza de media a los 12,8 años. El fuerte incremento que se produce de los 11 a los 12 años puede estar relacionado con que a esa edad se produce un salto importante en el porcentaje de niños y niñas con móviles propios.

 

Una característica del ciberacoso es que continúa fuera del colegio: así lo señala casi la mitad de las víctimas, por solo un 8% de los que han sufrido otro tipo de abusos. Las conductas más frecuentes son los insultos y las amenazas, aunque también destacan otras como el aislamiento (20% de los casos), la difusión de rumores (10%) y el acoso sexual (10%). Un 70% de los agredidos dice que el problema se repite a diario, y suele extenderse más de un mes pero menos de un año, duración y frecuencia algo menores que las del acoso físico.

 

El móvil como instrumento de tortura

 

El principal cauce del ciberacoso es el teléfono móvil, En concreto, ocho de cada diez víctimas dice haberlo sufrido a través de WhatsApp. El acoso a través de redes sociales es mucho menos frecuente.

 

Aunque los que sufren ciberacoso lo cuentan a alguien de su familia en mayor medida que los demás acosados, el informe destaca que entre los que no lo hacen, tres de cada cuatro aducen que temen una respuesta excesiva por parte de sus padres.

 

Muchos de los agresores virtuales lo son también fuera de las pantallas. Con todo, el perfil de unos y otros no coincide plenamente. Por ejemplo, el ciberacoso se produce mucho en grupos del mismo sexo. También hay un buen porcentaje de acosadores solitarios, pero nunca grupos mixtos.

 

 

 

Reciba gratis en su e-mail las novedades de LaFamilia.info de cada semana.

Suscribirse aquí

síguenos

            

logo pie

© 2020 Corporación CED - all right reserved - desarrollado por Webpyme