LaFamilia.info
23.03.2009

 

 

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Si…, no…, bien…; son las respuestas que normalmente reciben los padres de sus hijos adolescentes. La dificultad para comunicarse con ellos, son una de las principales causas de preocupación que expresan los padres.

 

Sin embargo, no toda la responsabilidad debe recaer sobre los jóvenes. Los adultos también deben revisarse, cuestionarse, mirar cómo están propiciando el ambiente de diálogo en el hogar. Un error donde la mayoría de los padres caen, es limitar su comunicación a un interrogatorio, cerrando así la oportunidad para que nazca la conexión entre padre e hijo por medio de una comunicación positiva de intercambio de sentimientos.

 

Cuando un adolescente se les acerca a sus padres, es porque verdaderamente necesita que lo escuchen y está sediento de amor, lo menos que hace falta en ese momento son los regaños o juicios, que sin intención de herir a los hijos, salen a flote.

 

Cinco reglas de oro para comunicarse mejor con los adolescentes

 

1. Darles oportunidad de ser responsables, delegándoles deberes.


Ellos tienen que saber que se confía en ellos y les consideramos capaces. La mejor forma de que aprendan lecciones es enseñarlas a otros, por eso es tan eficaz el que se haga responsable, por ejemplo, del cuidado de un hermano pequeño, en ausencia de sus padres o el que le explique una materia en la que necesita ayuda. También en múltiples gestiones personales que pueden hacer por sí mismo en lugar de los padres.


2. Haga que el adolescente participe de las discusiones, alegrías y preocupaciones de la familia.


Es común oír esta queja por parte de los jóvenes: ¡Es que en mi casa no me cuentan nada! ¡Siempre me entero por otras personas!


A veces, por miedo a que no sufran no les comunicamos una adversidad familiar; un problema económico, la enfermedad de un pariente cercano, etc. Ante esta postura, el adolescente puede imaginarse que algo terrible está pasando, incluso exagerar en su cabeza dada a la fantasía las circunstancias, y lo que es peor, creer que son demasiado insignificantes como para que sus padres les tengan confianza. Se les debe informar para que se involucren, colaborando - si pueden hacer algo - o rezando para que el problema se solucione.


Estas muestras de confianza nunca caen en saco roto, pues al comunicárselas los consideramos personas dignas de nuestra confianza, y ellos se considerarán dignos de la confianza de sus padres.


3. Comuniquemos a nuestros hijos cómo nos sentimos.


Escuchar a los hijos sus opiniones, sentimientos, alegrías y dificultades constituye sólo un aspecto de la comunicación. También tenemos el derecho y la libertad para expresarles nuestros propios sentimientos y ser oídos: alegrías, cansancio, una buena o mala jornada laboral, etc. Esta dualidad en la comunicación es imprescindible para lograr la confianza del adolescente porque constituye el verdadero diálogo.


No vamos a perder nuestro prestigio como padres cuando nuestros hijos aprendan a vernos como personas que se cansan y tienen buenos o malos momentos; es más es con esa persona con las que querrán comunicarse no con el padre o la madre ideal o perfectos porque sencillamente no existe.


La obediencia está muy relacionada con el cariño y el cariño se fomenta con el conocimiento real de una persona. Un adolescente que quiere a sus padres puede desobedecerles, pero se sentirá muy mal al hacerlo, el cariño a sus padres hará que él mismo se proponga rectificar.


4. No dejar de exigirles en el plano moral y social.


Ante una mentira, o hurto (tomar dinero sin permiso), la falta de modales, la muestra de irrespeto hacia algún miembro familiar, profesor o personal de servicio, no deben ser nunca pasadas por alto.


No basta pedir perdón, a veces creen solucionado el problema, se necesita compensar con un detalle su falta. En este tipo de conducta se debe ser inflexibles, porque el adolescente necesita de esta exigencia, si ante una conducta de este tipo la pasamos por alto la traducirá como indiferencia o que no nos importa.

 

5. La formación de un frente unido.


En todas las edades, pero aún más en la adolescencia, es importante el hecho de que los hijos vean que padre y madre van en la misma línea de exigencia. Se debe tener muy claro en las cuestiones que considere importante que sus hijos obedezcan. Estas normas de obligado cumplimiento hay que delimitarlas bien para no ir a transmitir mensajes contrapuestos.


No nos encontremos en la situación en la que uno tenga que ser "el malo" mientras que el otro sea siempre "el bueno". Los hijos aprenden muy pronto la idea "divide y vencerás". También saben distinguir muy bien cual de las partes, ese día, está agotado y -al no tener ganas de pelear tiende por el camino más fácil, que es ceder a su petición- con lo cual a la opinión contraria la pone en una situación conflictiva.

 

Fuente: Ageanet


LaFamilia.info
22.08.2008

 

 

La adolescencia es un periodo de turbulencias, con cambios físicos y psíquicos, que genera grandes desconciertos en los chicos  y en sus padres. Una de las principales características de esta época es discutir y cuestionar la autoridad de los padres  y confundir la libertad con la independencia.

 

Aunque durante la niñez los padres tratan de inculcar a sus hijos una serie de normas familiares y sociales con las que tienen que convivir,  cuando el hijo llega a la adolescencia esta tarea es más difícil, ya que a esta edad es común que los jóvenes rechacen las normas y las cuestionen cuando no están de acuerdo con ellas.

 

¿Qué hacer como padres ante esta situación? Ante todo no perder el miedo a exigir y a ejercer la autoridad en la familia pero sin perder el cariño hacia los chicos.

 

Además, para exigir con acierto es necesario ser coherentes, es decir, no hacer lo contrario de lo que exigirnos a los hijos. Recuerde que los adolescentes juzgan todo y, generalmente, sin misericordia.

 

La firmeza en la decisión tomada es uno de los mejores aliados en la educación del adolescente. Para ejercer la autoridad con un joven no se necesitan gritos, ni amenazas, basta unas palabras firmes y con cariño para dar una orden y el hijo comprenda que la debe cumplir.

 

Prepararse para un mal rato

 

Como padres es preciso prepararnos para pasar un mal rato en ciertas ocasiones por la reacción del chico ante una orden que vaya en desacuerdo con él. Es preciso mantenerse consciente de que es por el bien del hijo y hacerle ver que, aunque todos vuelvan a su casa a las tantas horas de la mañana o vayan a determinados lugares, él no debe de hacerlo.

 

Según José Manuel Mañú Noáin, autor de varios libros sobre educación, es muy conveniente que los hijos sepan que los padres no se rinden ante todas las modas del ambiente. “Aunque es correcto hacerle entender las razones de nuestra decisión, hay que estar dispuesto también a ejercer la autoridad hasta sus últimas consecuencias, por el bien de ellos. Si no lo entienden ahora, lo entenderán más adelante. Hay muchos adolescentes que saben que lo que piden está mal, y en su fuero interno entienden que se les diga que no”.

 

Los padres deben tener cuidado de no caer en un modelo excesivamente autoritario ante el hijo adolescente, pues aunque se logre imponer la autoridad, se puede correr peligro de perder el cariño.  Sin embargo es también preciso evitar comprar la paz familiar cediendo en todo lo que pide el joven. Según el especialista, “hoy los adolescentes pelean menos con sus padres que hace veinte años, porque  en muchos casos los padres han renunciado a exigir”.

 

Condiciones para ejercer la autoridad

 

El ejercicio de la autoridad requiere del cumplimiento de ciertas  condiciones como las siguientes:

 

  • Establecer previamente las reglas del juego con el hijo adolescente y hacerle ver que el incumplimiento de dichas normas tendrá una consecuencia. Estas normas deben ser aceptadas por padres e hijos y exigibles a todos.
  • Papá y mamá deben estar de acuerdo previamente en lo que se le exige al adolescente, de lo contrario el chico aprovechará estos desacuerdos para desafiar la autoridad de sus padres.
  • No separar comprensión y exigencia. No es difícil observar en algunas familias con adolescentes que toda la comprensión está en los padres y toda la exigencia está en los hijos.
  • Ser sobrios en el ejercicio de la autoridad. Hay muchos problemas que pueden resolverse mediante otros tipos de influencia.
  • Poner a prueba la propia imaginación para encontrar situaciones de participación para los hijos.
  • Saber resistir frente a dificultades y frustraciones.
  • No desanimarse nunca, pase lo que pase. La autoridad se puede perder y se puede recuperar. Hay que ser perseverantes.
  • En una discusión destacar siempre lo positivo en primer lugar.
  • Como padres, tener la paciencia de aclarar muchas veces algunas ideas de base, para que el chico entienda la razón de nuestras afirmaciones.
  • El ejercicio de la autoridad se logra en un clima de confianza que no excluye actos de energía de enfado. Debe ser una exigencia serena. Sin rechazos y sin comentarios mientras el hijo trata de exponer su punto de vista y sin dejar de aclarar después.
  • No es aconsejable entrar en la dinámica de rivalidad y testarudez ya que, además de reforzar esta actitud, no se consiguen buenos resultados. Esta postura provoca enfrentamientos, estados de irritabilidad y agresividad entre los miembros de la familia, y puede dificultar la convivencia familiar.

 

Características peculiares en la adolescencia

 

  • Los padres dejan de ser el punto de referencia para pasar a ser el grupo de amigos.
  • Se acrecienta es el sentido de la intimidad. El adolescente descubre su interioridad y la protege. Por eso es frecuente que comience a encerrarse en su habitación y deje de comunicar lo que piensa y hace. Se puede volver hermético en la relación con sus padres y contestar con monosílabos cuando se considera interrogado. Cuando piensa que se le está pidiendo una información que vulnera su intimidad o la de sus amigos tiende a contestar con evasivas o a rechazar la conversación.
  • No está contento con su cuerpo. Esto puede dar lugar a complejos, y, en casos extremos, a la anorexia o a la bulimia. Es necesario explicarle que esto que le pasa es normal y que el cuerpo encontrará su propio equilibrio en el desarrollo.

¿Cómo reaccionar ante estas condiciones? Las actitudes de continua crítica, rebeldía y oposición que se presentan en la adolescencia deben ser consideradas como normales, propias de la etapa evolutiva que se está atravesando. El sentido del humor y la ausencia de susceptibilidad son valiosas armas para soportar los continuos ataques y retos que a los jóvenes tanto les gustan. A medida que el joven se hace mayor, se encuentra más seguro, accesible y tolerante, lo que facilitará las relaciones familiares.

 

Fuentes: Oliveros f. Otero. Autoridad de los padres”, mundogar.com, masalto.com, Entrevista a José Manuel Mañú Noáin en Iglesia.org

LaFamilia.info
22.07.2008

 

 

La adolescencia es una época extraordinaria en la vida de toda persona. En esta etapa la persona descubre su identidad y define su personalidad. Sin embargo, ¡qué difícil es para los padres este nuevo período en la educación de sus hijos!

 

Como padres sabemos que cada etapa del desarrollo infantil y juvenil tiene objetivos y tareas específicas. Y  para los adolescentes el objetivo es desarrollar su propia identidad. Por esto como padres tenemos el deber de ayudarles en este descubrimiento y prepararlos para que la transición de la niñez a la adolescencia sea placentera para el chico y para la familia.

 

Es común que en este proceso se manifieste una crisis en la que se replantean los valores adquiridos en la niñez y se perciba la necesidad de mayor independencia. Algunos aspectos de esta transición son normales y aunque causan mucha tensión, no deben ser causa de alarma.

 

Según el Autor Francisco Cardona Lira, la pubertad o adolescencia inicial comienza alrededor de los 11 años y tiene estas características, las cuales los padres deben estar preparados para aceptar:

 

  • - Nace la intimidad o el despertar del propio “yo”.
  • - Se presenta una crisis ante los cambios físicos, psíquicos y maduración sexual, pues no hay aún conciencia de lo que le ocurre.
  • - Conoce por primera vez sus limitaciones y debilidades y se siente indefenso ante ellas.
  • - El desequilibrio en sus emociones se refleja en una sensibilidad exagerada e irritabilidad de carácter.
  • - “No sintoniza” con el mundo de los adultos.
  • - Se refugia en el aislamiento, en el grupo de compañeros de estudio o se integra a una “barra” de amigos.

 

¿Qué hacer como padres?

 

Ante todo, no pretender que el joven adolescente muestre los mismos comportamientos de su niñez. Aceptar su proceso de cambio, respaldarlo y darle mucho amor, son prioridades en esta etapa pero sin caer en la permisividad. Es necesario que a esta edad los muchachos tengan reglas claras en el hogar en cuanto a sus obligaciones y deberes y las consecuencias de no cumplirlas.

 

Además deben tenerse en cuenta aspectos en la educación como:

  • - Brindar un ambiente seguro y amoroso en el hogar.
  • - Asegurarse que el chico conozca y acepte los cambios físicos y mentales que se están produciendo en él o ella y presentar esta información como algo positivo y grandioso en su vida.
  • - Crear un clima de honradez, confianza y respeto mutuo.
  • - Permitirle al nuevo adolescente la independencia apropiada para su edad, ayudándole a esclarecer lo que es la auténtica libertad, no el libertinaje.
  • - Conocer bien al hijo, sus puntos fuertes, sus debilidades, amistades, etc.
  • - Fomentar en ellos la flexibilidad en las relaciones sociales.
  • - Sugerir actividades que le permitan estar ocupado.
  • - Propiciar espacios de reflexión ante las influencias negativas del ambiente, especialmente las que se derivan de la manipulación publicitaria y las que dan desenfreno a conductas sexuales desordenadas.

- Entre los aspectos más importantes de la relación entre los padre e hijos está la apertura libre del niño para con sus padres que lo lleve a compartir sus alegrías o problemas. Para llegar a esto es esencial la constancia, paciencia y comprensión, puesto que esta relación se desarrolla gradualmente, en la medida que se le dedique tiempo al niño. Es importante aprovechar las oportunidades para estar con los hijos durante las comidas, contándole cuentos, leyéndoles, jugando con ellos, durante excursiones, vacaciones y celebraciones.

- Especial atención hay que dar al hijo en los momentos difíciles o tristes. De esta manera, se crea una base de confianza que le permitirá al niño discutir con sus padres los problemas y conflictos que surjan durante la adolescencia.

 

Fuentes: Aciprensa, Catholic.net

LaFamilia.info
15.06.2008

 

 

Saber decir "no" a un permiso o a una comportamiento inaceptable, es uno de los mayores retos de un padre con hijos adolescentes. Para nadie es un secreto que esta etapa de la vida se caracteriza por su rebeldía y por la apatía ante el grupo familiar, reemplazado por el grupo de amigos. Lo que dicen papá y mamá es "out" y lo que dicen sus amigos es "in".

 

Por ello, un "no" dicho a tiempo puede salvar al hijo adolescente de una situación de riesgo que puede convertirse en algo grave como la adicción al alcohol o a las drogas. El "no" a los adolescentes siempre debe ir acompañado de mucha calma y convencimiento de lo que se dice para que sea efectivo.

 

Según la autora del libro “Cómo digo que no a mi hijo adolescente”, Blanca Jordán, un cosa es decir No y otra es saber decirlo. En todos los casos, el hijo adolescente debe saber la opinión de sus padres acerca de los lugares y las amistades que frecuenta. Muchas veces “por falta de orientación, pereza o por no enfrentar al adolescente, se le permiten amistades o comportamientos que traen consecuencias muy negativas”, afirma la especialista.

 

Es importante que el chico tenga referencias de lo que para sus padres es bueno y es malo. Una vez este concepto esté claro, se debe ser tajante y rotundo al decir "no". De ahí que se debe evitar usar esta palabra por sistema, o ligeramente por presión o por razones de cansancio o estrés.

 

¿Qué hacer después del "no"?

 

El adolescente necesita explicaciones simples y claras. La frase “por que lo digo yo y punto”, no logrará su objetivo de persuasión y por lo contrario aumentará la contrariedad del chico. Es importante que el "no" sea consecuente con sus convicciones como padre y ante todo con sus acciones.

 

Estas son otras pautas para lograr una mayor comprensión a la hora de negar un permiso o corregir un comportamiento:

 

- Los gritos no llevan a nada: Si el adolescente le alza la voz, no se ponga en esa misma situación. Más bien desármelo manteniendo su voz en tono normal y su actitud calmada y dígale que con los gritos no logrará nada.
- Eduque en la libertad: Aunque hay muchos peligros fuera del hogar, no se puede optar por negar todos los permisos. Es imposible encerrar al chico en una burbuja por temor al entorno. Eduque al adolescente desde la libertad bien entendida y no desde el libertinaje (hago todo lo que me place).
- No diga Sí sin estar seguro: Si el chico le pide un permiso desprevenidamente y usted no está seguro qué decir, tómese su tiempo antes de darle una respuesta. Infórmese o consúltelo con su cónyuge, para que la decisión esté respaldada con razones de peso.
- Un NO debe ir acompañado de un Si: Al negar un permiso, use su imaginación para ofrecerle al chico otra salida. “¿Por qué en vez, no te vas al cine con tus amigos? Yo puedo llevarlos y buscarlos a la salida”.
- El mejor consejo es mantener un buen diálogo con el adolescente: Antes de dar o negar un permiso escuche al chico; hágale preguntas de con quién y adónde irá. Luego tome su decisión y trasmítala dando sus razones.
- No le tema a la reacción: Después de dar un "no", es posible que haya portazos, llantos o frases de ataque. No dé su brazo a torcer, pues de lo contrario perderá credibilidad ante el chico y él o ella seguirá utilizando estas tácticas en un futuro. Sin embargo, si un día se da cuenta que se equivocó en su decisión, esté preparado para aceptarlo. No tema reconocer ante su hijo su error y pedirle disculpas.

ABC.es
28.04.2014

La sensación de bienestar en los adolescentes, una potente vacuna contra la depresión, podría depender de la búsqueda de placer a través de valores tradicionales, como la familia, la cultura o la moralidad, frente a otras recompensas más inmediatas pero vacías de contenido y centradas en uno mismo, según un estudio publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).

 

El trabajo, liderado por Adriana Galván, experta en el cerebro adolescente de la Universidad de Los Ángeles (California), sugiere que los adolescentes cuyo sistema de recompensa cerebral responde más a actividades que favorecen la autorrealización tienen menor riesgo de experimentar síntomas depresivos a lo largo de la vida. Por el contrario, los jóvenes que prefieren actividades que conducen a una gratificación rápida pero carente de significado son más propensos al malestar psicológico.

 

Se trata del viejo dilema de la búsqueda de la felicidad a través del placer inmediato (hedonismo), potencialmente perjudicial, o a largo plazo y más saludable (eudaimonia) que planteaba ya Aristóteles en el siglo IV antes de Cristo. Aunque esta vez revisado por la neurociencia, que parece inclinar la balanza a favor de los argumentos del filósofo: El bienestar psicológico duradero se logra a través de las actividades con un significado y un propósito, como la ayuda a los demás, colaborar con la familia y en el cuidado de los hermanos, la expresión de la gratitud o la búsqueda de objetivos a largo plazo.

 

El cerebro de 39 jóvenes con una edad media de 17 años ha aportado las pruebas en un estudio de imagen cerebral que, según los autores, es el primero en relacionar el bienestar o el malestar mental con la predilección de los adolescentes por las recompensas diferidas o inmediatas, respectivamente.

 

Mayor riesgo en la adolescencia

 

Los síntomas depresivos tienen un máximo precisamente durante la adolescencia, con un pico hacia los 17-18 años. Esto se debe en parte a que en los quinceañeros el sistema de recompensa cerebral, encargado de procesar el placer, muestra una activación mucho mayor que en niños y adultos, y especialmente cuando se asocia a conductas de riesgo. De ahí que en esta etapa de la vida la búsqueda de gratificaciones esté exacerbada y el riesgo de caer en hábitos inadecuados sea más elevado.

 

Sin embargo, argumentan los investigadores liderados por Galván, se sabe poco de cómo el cerebro responde a las diferentes formas de obtener placer en esa etapa de la vida, a pesar de que tiene importantes implicaciones en su bienestar psicológico futuro. Por eso se plantearon averiguar cómo la sensibilidad neural a las recompensas inmediatas o diferidas, ambas asociadas a la misma zona del cerebro, el estriado ventral, es capaz de predecir en la adolescencia la aparición de posibles síntomas depresivos en el futuro.

 

Y vieron que cuando esta zona del cerebro se activa más frente a actividades que proporcionan un placer centrado en uno mismo o frente a conductas de riesgo, la probabilidad de desarrollar síntomas depresivos aumenta con el tiempo. Sin embargo, cuando los jóvenes experimentan placer en comportamientos con un significado más altruista o bien orientados a la consecución de objetivos, el riesgo de malestar psicológico en el futuro se reduce.

 

Sistema de recompensa

 

La explicación podría estar en que la respuesta del sistema de recompensa, las actividades puramente hedónicas, centradas en uno mismo, no aporta estrategias para lograr un bienestar duradero. Ejemplo de estas fuentes de placer serían, la comida, los videojuegos o las compras, todas ellas capaces de crear adicciones cuando se recurre a ellas de forma patológica.

 

Por el contrario, cuando el placer proviene de actividades con algún fin social o personal podría estar reflejando una motivación dirigida hacia comportamientos que incrementan la sensación de autoestima y que no dependen tanto de factores externos sino intrínsecos a la persona.

 

Cambiar la intensidad de la respuesta cerebral de los adolescentes a las distintas fuentes de placer no es algo fácil, reconocen los autores, ya que puede depender de factores genéticos. Sin embargo, puesto que esta respuesta del sistema de recompensa depende del contexto, orientarles hacia actividades provistas de un significado, que proporcionan una sensación de autocontrol, competencia, pertenencia al grupo, conexión social y bienestar duradero, les ayuda a adquirir estrategias que garantizan una mejor salud psicológica y estabilidad emocional.

 

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