Por Mauricio Montoya/Catholic-link.com

 

Foto: freepik

 

Frases como esta, que son ciertamente graciosas, abundan por las redes sociales con miles de variaciones. Pero todas direccionadas a una misma realidad, la cuarentena nos «obligó» a encontrarnos con nosotros mismos. A conocernos, sí, porque aunque eso suene hasta cómico, en la vida común y corriente que llevábamos no nos dábamos el tiempo para conocernos de verdad.

 

1. La cuarentena te permite pensar, ¿quién soy de verdad?

 

Producto del aceleramiento de la sociedad y de un aislamiento personal que surge del exceso de concentración en lo externo y un descuido de lo interno, hemos perdido poco a poco la capacidad de reconocernos a nosotros mismos.

 

Es en cierto grado algo irónico, nos dedicamos a conocer y adquirir intelecto sobre todas las dimensiones de la existencia, y paulatinamente perdemos el autoconocimiento.

 

La cuarentena se torna propicia para, de una manera u otra, forzarnos a conocernos y reconocer nuestras actitudes. Pensamientos, reflexiones y capacidades que a lo largo de la vida, de forma tal vez imperceptible, se han formado en nuestro interior.

 

Preguntarse en medio de la oración y meditación personal, por el ¿quién soy yo?, ¿cuál es mi semejanza con Dios?, ¿cómo me relaciono con Dios y con los demás? Son interrogantes favorables para este tiempo en casa.

 

2. ¿Y si no me agrada lo que logro conocer?

 

Nadie está exento de que en el proceso de conocerse a sí mismo, no le agrade lo que encuentra. Y esto no tiene nada de malo, por el contrario, es algo magnífico ya que te lleva a plantearte un sin fin de realidades en las cuales te decías: ¿y esto por qué sucede conmigo?

 

Sí, la posibilidad de no gustarse a sí mismo es algo precioso, te lo repito, es magnífico. Puesto que propicia la ocasión para interrogarte y crecer, cambiar, transformar, convertirse, qué sublime oportunidad nos da el Señor. Las circunstancias en torno a un virus innombrable, nos llevan a espacios de conversión, cuánta bondad tiene Dios con nosotros.

 

3. ¿Qué hago si descubro que no sé quién soy?

 

No hay que entrar en pánico, sin exagerar, esto es algo que nos puede pasar a todos, y créeme, muchas personas lo están experimentando en casa. La cuestión es qué te planteas como herramienta o solución ante el desierto en el que se vive al descubrir que no te conoces tanto como creías.

 

La oración personal, la meditación de la Sagrada Escritura, los momentos de reflexión… son sumamente favorables ante la sequedad de este desierto. Te recomiendo el curso online «Crecer en la vida de oración» y te propongo como herramienta primordial, la presencia del Espíritu Santo. Pide al Señor que por medio de su Espíritu te lleve a un reconocimiento de ti mismo, y de su obra en ti.

 

4. ¿Qué hago cuando me comienzo a conocer?

 

Debido al acelerado ritmo de la vida, de las miles de ocupaciones, del cansancio… hemos perdido muchísimos momentos para, por decirlo de alguna manera, consentirnos, permítanme la palabra, para mimarnos a nosotros mismos. Sí, sin miedo, eso no tiene nada de malo, es importante que al igual que le demostramos nuestro cariño y afecto a amigos y familiares, nos demostremos personalmente cuánto nos queremos.

 

Qué te parece si te regalas esa comida que tanto te gusta o si te permites esas horitas de sueño que normalmente no te puedes permitir. Intenta verte al espejo y mirándote a los ojos, dite a ti mismo cuánto te quieres, aunque te parezca algo loco, salva vidas.

 

5. ¿Y las demás personas de mi casa?

 

El tiempo de cuarentena también nos lleva a encontrarnos con la familia. De quienes también nos hemos ido alejando inconscientemente fruto de miles de factores, y se comienza a presentar un nuevo reto ¿qué hacer cuándo comenzamos a conocer en ellos lo que no habíamos conocido?

 

Las herramientas son las mismas que ante el conocimiento de nosotros mismos. La invitación se centra en fomentar la oración y el amor sincero, por medio de los cuales podemos, no solo crecer personalmente, sino familiarmente. Alentemos la unidad con los demás, unidad tan necesaria para un verdadero equilibrio vital.

 

Pregúntate en este momento: ¿qué quiere Dios para el mundo, para mi familia, para mí, con este tiempo especial de conversión? Aprovechemos estos días en casa para fomentar espacios familiares y personales antes no explorados.

 

*Publicado originalmente por Catholic-Link

 

 

 

 

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