Por Jorge Yarce/Blogs LaFamilia.info - 18.01.2021

 

Enseñar a soñar es una de las grandes metas de la acción educativa. Y en este sentido el profesor es un constructor de sueños: la persona llamada a ayudar al estudiante a configurar su visión personal, el “para qué”, el “sueño” de su vida, brindándole herramientas para abrir el camino por sí mismo, para que se proponga metas altas, para que ascienda a la cumbre interior y divise el panorama de su propia vida y haga de sí mismo aquello que quiera ser en virtud de sus capacidades y de su propia libertad.

 

Se trata de sueños que se forjan en el camino de la vida: en la niñez que vislumbra el futuro muy vagamente en forma fantasiosa, en la adolescencia que se abre a la intimidad y descubre al otro como un puente vital que le responde, en la juventud cuando siente la fuerza de atracción del futuro y las tensiones de la libertad, en la madurez cuando las experiencia hace que algunos de esos sueños le hagan tocar tierra, encuentren suelo duro y se deshagan, o tengan que empezar a alzar vuelo de nuevo. Nadie nos puede ni nos debe quitar esos sueños: son el pequeño tesoro escondido que llevamos permanentemente con nosotros y que alimenta nuestra alma en todo momento.

 

Los profesores deben tenerlo muy en cuenta. El material que reciben no es duro, sino blando: cerebro, corazón, inteligencia emocional, sentimientos. Y se puede forjar, modelar, arcillar como una obra de arte, con amor, con respeto, con una profunda veneración por el ser del otro, no imponiéndole lo que se quisieran que fuera, sino logrando que salga de él su mejor yo, su propio ser. Al estudiante no le interesa el pasado como meta. Le interesa más lo que será. Y hoy en día hay que apostarse la vida al futuro para cambiarlo. 

 

La forma de proteger sus sueños es no contaminarlos con la decadencia, con el facilismo, con la filosofía del éxito económico, con la falta de disciplina. Ellos pueden mostrar –con su coherencia de vida- que sí saben dónde quieren ir, cómo se debe ir, qué riesgos hay que correr y que vale la pena emprender la tarea de la mano del ideal, alimentando constantemente esos sueños de diverso tipo: humanos, profesionales sociales, espirituales, sentimentales, etc.

 

Para construir sueños, el profesor tiene que pensar mucho más en lo que puede hacer que en lo que ha hecho, debe estar más anclado en el futuro que en el pasado, dar rienda suelta y echar el ancla en el mar del riesgo, de lo desconocido, de lo incierto, buscando un lugar no exento de riesgo y aventura, porque está pensando no en su seguridad, sino en la inseguridad propia de la vida del estudiante, en la incertidumbre y riesgo propios de quien busca abrirse paso en la vida. Enseñar a soñar es enseñar a buscar sin importar si lo que encontramos es todo lo que buscamos, o es un puente para seguir buscando. 

 

La educación, cualquiera que sea el campo profesional, sería un tremendo fracaso si no nos hace más personas, más dialogantes, más convivientes, más tolerantes, más amorosos, mejores amigos, más dolientes con el sufrimiento ajeno, mejores hermanos, mejores hijos, mejores padres o madres, mejores ciudadanos. Eso nos permite estar atentos a la forma de colocar las bases de la construcción (intelectuales, emocionales, o de cualquier otra índole), para ofrecer elementos que rectifiquen el rumbo, no para mermar su dificultad. Para no dejar desfallecer esos sueños  ante las dificultades, sino para convertirlas en una maravillosa oportunidad para vitalizarlos y para llenarlos de esperanza. 

  

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Jorge Yarce 

Doctor en Filosofía de la Universidad Lateranense (Roma) y cofundador y presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo. Ha sido profesor en las universidades de España y Puerto Rico y además conferencista en temas de liderazgo, ética y comunicación. Autor de 26 libros.

 

 

 

Por Jorge Yarce/Blogs LaFamilia.info - 09.01.2021

 

 

Así como suena. Gaspar Astete, benemérito por muchas razones pero principalmente por ser autor del catecismo que por mucho tiempo nos sirvió a muchos para fijar de forma clara  y sencilla las principales verdades de la fe cristiana, está vivo. Después de ponerlo como cabeza de turco de todas las reivindicaciones de la inteligencia frente a la memoria, su obra vuelve a prestar servicios a esta generación de gente cansada de ensayar originalidades.

 

La noticia no le va a gustar a sus enemigos gratuitos ni a los diseñadores de los modernos métodos viviencialistas, pero ¡qué le vamos hacer! Ahí están los resultados, como, por ejemplo, que los jóvenes no saben el Padrenuestro, ni los pecados capitales ni los sacramentos.

 

Astete se está vendiendo como pan caliente. En días pasados un campesino le pregunto al párroco de un pueblo por el Astete, pues necesitaba con urgencia uno para su familia. El cura era de los que no sabía  de la existencia del padre Astete y con toda honestidad se lo confesó al feligrés. Este le prometió una novillona si le conseguía un ejemplar! El buen sentido del sacerdote le llevó a contarle lo sucedido a su obispo y sirvió para que descubriera el valor de ese Catesismo y de paso ganarse la novillona.

 

No es tanto el hecho de que Astete se venda. Eso indica bastante. Hace pensar sí, que no era tan traumatizante aprender de memoria verdades sencillas y fundamentales, que no cambian. Nos fuimos de un extremo a otro: nada de memoria para dejar todo a la vivencia y a la espontaneidad intelectual. Y los extremos son peligrosos. Hay que reivindicar de manera categórica el papel de la memoria en la enseñanza de la fe.

 

No es tan fácil, pues, echar al cuarto de los trastos viejos, libros como el de Astete, casi con ira, como lo hicieron muchos, para tener que reconocer ahora que no es posible hablar si se desconoce el alfabeto.

 

Algo parecido ocurre en el campo de la ortografía, de la urbanidad, de la educación cívica. Pasaron de moda, se reemplazaron los textos consagrados por otros que lo primero que hacían era burlarse de aquellos, y se ha acabado por no enseñar esas materias. También ahí están los resultados a la vista: abundan los jóvenes y los adultos que no saben leer bien un libro, ni escribir una cuartilla o escriben más errores que aciertos, no saben hablar, no guardan una compostura civilizada, han perdido los valores cívicos, miran con desdén los emblemas patrióticos y a quien dice amar a la patria. Lo que en ese campo representaba el Manual de Urbanidad de Carreño lo representa en la catequesis del padre Astete.

 

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Jorge Yarce 

Doctor en Filosofía de la Universidad Lateranense (Roma) y cofundador y presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo. Ha sido profesor en las universidades de España y Puerto Rico y además conferencista en temas de liderazgo, ética y comunicación. Autor de 26 libros.

 

 

Por Jorge Yarce/Blogs LaFamilia.info - 14.12.2020

 

 

Andamos preocupados por el aire que respiramos, y con toda razón. La contaminación  ambiental crece y está dentro de nuestras narices y pulmones. Y si no me creen, pongan ustedes en  el antejardín de su casa o edificio, en la mañana temprano, un trapo blanco limpio, bien extendido y recójanlo por la noche. Es como para echarse a temblar cuando lo ve todo mugriento después de un día de “trabajo”. Además, si se usan los aparatos que sirven para medir técnicamente la contaminación de la atmósfera, como al trapo, nada los puede engañar. 

 

Pero no quiero hablar de esa contaminación, sino de otra aún más grave: el ruido. Susanna Tamaro, en boca del protagonista de su novela “Para siempre”, dice que “entre todas las formas de violencia el ruido es la más sutil, la más devastadora”. No me cabe duda. El sentido del oído tiene una nobleza especial que lo coloca por encima de los demás sentidos. Por él lo de fuera se interioriza en una forma impresionante. Basta pensar en el efecto de una obra musical que en determinado momento nos produce una paz profunda. 

 

Si ponemos el medidor de ruido en cualquier calle de cualquier ciudad nos quedamos igualmente aterrados. Sirenas, pitos, motores y frenos de todo tipo de vehículos haciendo ruido todo el día, sin control de ningún tipo; maquinaria ruidosa de los edificios en construcción, sirenas de los vehículos de la policía y los bomberos, de sofisticadas camionetas conducidas por gente loca que creen que hacer ruido es símbolo de poder; el ruido absolutamente impúdico e inoportuno de los carros recogedores de la basura que, a partir de las cinco de la tarde hasta altas horas de la noche, engullen parte de lo que recogen pues lo otro la dejan ahí mismo en la calle; el vicio incorregible de los vehículos en los trancones o atascos, cuyos conductores creen que pitando van a poder avanzar más; los motores de los aviones que entran y salen de los aeropuertos y que apagan cualquier conversación. 

 

La cosa no acaba ahí: altavoces de vehículos que andan haciendo propaganda con su música estridente y con sus gangosos locutores, ocupando los pocos espacios de silencio existentes; perros ladrando en las ventanas de las casas, de los carros o en plena calle. Radios de automóviles, ruido a todo volumen que sale de los bares, con sus ventanas bien abiertas. Gente conversando con sus celulares a voz en grito en la calle, en el autobús, en los parques; equipos de sonido por doquier con música estridente o con locutores vociferando noticias. Gente que reparan todo tipo de cosas y lo dicen a grito pelado, casi aullando, Y podíamos seguir enumerando veinte fuentes más de contaminación por ruido en las ciudades. 

 

Y si, además, llega uno a casa y encuentra la televisión a todo volumen, la olla de presión chillando, el equipo de sonido a todo volumen y el ruido sutil de los aparatos de diferentes calañas: los portazos, la descarga de los aparatos sanitarios, otra vez los equipos de sonido hasta altas  horas o desde tempranas horas a un volumen inaudito –en la ciudad o en el campo- que irrespeta la privacidad de los vecinos y se vuelve intolerable etc. Lo cierto es que el aumento vertiginoso de la sordera en la juventud es significativo, pero nada raro, porque los muchachos consumen ruido que da miedo; y con audífonos, la cosa es peor por dentro.

 

Si no paramos este tormento, vamos a terminar incomunicados, todos sordos, gritando cada vez más alto y con el cerebro lleno de ruido.

 

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Jorge Yarce 

Doctor en Filosofía de la Universidad Lateranense (Roma) y cofundador y presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo. Ha sido profesor en las universidades de España y Puerto Rico y además conferencista en temas de liderazgo, ética y comunicación. Autor de 26 libros.

 

 

Por Jorge Yarce/Blogs LaFamilia.info - 26.12.2020

 

 

 

Todos sabemos de sobra que en los últimos días del año hacer balance es inevitable. A veces no sacamos nada en limpio porque el ruido predomina sobre la paz interior, y lo que queda son los palitroques quemados de las luces de bengala de las celebraciones para enterrar el año viejo, como si por arte de magia el año nuevo trajera consigo la vida nueva. La mente engaña una vez más al corazón. Al menos deberíamos intentar escoger otro camino, el de emprender una lucha nueva. 

 

“La vida nos es dada y no es dada vacía. Hay que llenarla” (Ortega y Gasset). No importa que la encontremos medio llena o medio vacía, según la dosis de optimismo o pesimismo que manejemos en ese balance. Como en el deporte, importa sobre todo competir airosamente, luchar. Recordemos aquí con Unamuno: “¿Qué vamos a hacer en el camino mientras marchamos? ¿Qué?  ¡luchar!, ¡luchar!... ¡adelante!, ¡adelante siempre!”

 

El futuro, en cierto modo, está solo en nuestras propias manos y en las de Dios. No importa que nos pase lo que a Don Quijote, que al final de sus días confiesa “Los santos pelearon a lo divino y  yo soy pecador y peleo a lo humano. Ellos conquistaron el cielo a fuerza de su brazo, y yo hasta ahora no sé lo que conquisto a fuerza de mis trabajos”. Lo dice ese hombre del que Sancho afirma “que viene vencedor de sí mismo” aunque estuviera desengañado de sí. 

 

Creo que siempre será mejor pensar en lo que hemos hecho bien que en lo que hemos hecho mal. Así podemos apalancar mejor el futuro. Puede ser que la cuenta de pérdidas y ganancias no nos sea favorable, pero podemos invertir la tendencia únicamente a fuerza de lucha, de esfuerzo tenaz y perseverante, ilusionado.

 

Ya que he citado al Hombre de la Mancha, él nos dio lecciones para hacer a un lado el miedo al futuro, por incierto que éste sea. Cuando está a punto de emprender su lucha contra los molinos de viento, convertidos por su imaginación en gigantes, le dice en forma contundente a Sancho: “si tienes miedo quítate de ahí y ponte en oración en el espacio en que yo voy a entrar en fiera y desigual batalla”.

 

No nos viene nada mal meditar pausadamente en algún cambio que nos lleve no tanto a promesas o formulaciones teóricas, sino a una efectiva transformación de la conducta a base de comportamientos concretos, de pasos que sumados nos lleven lejos. Si es necesario abandonemos el camino de lo posible y demos pasos por el camino de lo que parece imposible, pero por ahí puede ser la nueva senda a recorrer. 

 

No nos dejemos arrastrar por instantes de relumbrón que representan el cambio en el calendario. Lo que de verdad importa es bucear dentro de nosotros para encontrar razones de ser, ideas madres, lo esencial, lo fundamental que, a veces, dejamos pasar inadvertido. Asirnos ahí, como quien se agarra a una tabla de salvación. Lo único que tiene sentido es ver cómo llenamos las alforjas del alma y en esa tarea nadie nos puede remplazar.

 

“¡Año nuevo, lucha nueva!” le oí decir un 31 de diciembre al filo de la medianoche a Josemaría Escrivá. Y desde entonces me sirve para hacer reingeniería de fin de año. Lo que podemos aspirar es a no repetir los malos pasos, a proyectar el futuro con más decisión, con un fuerte empeño sostenido para lograr aquello por lo que vivimos, donde tenemos puestas nuestras esperanzas. ”Y, -como dice Kipling- “otra vez al principio volver a comenzar”.

 

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Jorge Yarce 

Doctor en Filosofía de la Universidad Lateranense (Roma) y cofundador y presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo. Ha sido profesor en las universidades de España y Puerto Rico y además conferencista en temas de liderazgo, ética y comunicación. Autor de 26 libros.

 

 

Por Jorge Yarce/Blogs LaFamilia.info - 27.11.2020

 

 

En el periodismo, en ocasiones, se dicen verdades a medias que acaban por ser mentiras. No porque el periodista se lo proponga, sino como un resultado de la precipitación, de la falta de análisis y criterio para distinguir, del afán de figurar y del deseo de ser el primero en decir las cosas. Se hacen afirmaciones difamatorias (recordemos que lo que se atribuye a alguien puede ser verdadero pero toda persona tiene derecho a la buena fama). Su palabra es la palabra humillada de que habla Jacques Ellul.

 

A fuerza de bombardear a los oyentes, televidentes o internautas, con noticias tremendistas, conturbadoras o violentas, se puede alterar la realidad de las cosas, de modo que lo blanco acaba siendo negro, los hijos aparecen enfrentados a los padres, los alumnos a sus maestros, los jueces son influidos en sus sentencias por el ruido de los medios  y los ciudadanos terminan por desconfiar de la autoridad o rebelarse contra ella.

 

La palabra, un don precioso de la persona, es el arma del periodista, a través de la cual puede comunicar verdad, opinión, o falsedad, mentira o manipulación de los hechos. Es como un cuchillo en manos de una criatura, que puede ser bueno para cortar el pan, pero si lo usa mal, para ella puede ser fatal. Eso ocurre cuando la palabra es humillada por la prensa. 

 

La palabra puede ser lo más simple (sonido vacío) o, como decía Tomás de Aquino, “verdad tronante” que construye mundos, que denuncia situaciones, que cambia comportamientos. Palabra que inquieta, que conturba, que causa daño cuando no ha sido comprobada, verificada con los hechos y con las personas afectadas y con todas  las fuentes de la noticia.

 

La prensa humilla la palabra cuando la banaliza, la trivializa, la hace vehículo de la pasión, del odio, de la violencia o del consumismo. En una parte del periodismo actual parece que la imagen predominara sobre la palabra. Se cree a ciegas que “vale más una imagen que mil palabras”, lo cual no es tan cierto porque la palabra aporta el juicio sobre la realidad. Ella permite aclarar la confrontación entre la verdad y la mentira. No se pueden, pues, separar imágenes y palabras. La responsabilidad de la prensa es sobre las dos. La imagen nos da una globalización de golpe que necesitamos analizar con la palabra. La imagen toca el inconsciente, pero la palabra, a través del consciente la filtra, le quita la incertidumbre, le da precisión.

 

Los periodistas expresan, a veces, palabras que son dardos mortales para alguien o que crean confusión en el público. A veces lanzan palabras contundentes sobre hechos que requieren un mayor contexto y explicación a través de los razonamientos. Ha venido haciendo carrera un periodismo light: no comprometerse, aritmética de opiniones, no tocar el fondo de los asuntos, no averiguar demasiado, adentrarse en el mar de la superficialidad, de las suposiciones, de la búsqueda de ganchos que logren captar la atención del público.

 

Los periodistas, al contrario, deben ser muy estrictos en todos los géneros que manejan, y sobre todo en la noticia, buscar la mayor objetividad posible, y tratar de ofrecer los hechos escuetos, sin adornos, sin revestirlos de cosas no evidentes, y ofrecer la información que requiere la comunidad, yendo siempre tras la difícil verdad, tarea fatigosa y difícil aunque  posible.

 

El compromiso de los medios con la palabra es exaltar la palabra, dignificarla haciéndola portadora de buenas nuevas, no sólo de noticias sobre el mal. Lo que importa, en último término, es dejar a un lado los compromisos –de amistad, políticos, de conveniencia-, que alejan de la verdad y luchar por lo que necesita la sociedad.

 

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Jorge Yarce 

Doctor en Filosofía de la Universidad Lateranense (Roma) y cofundador y presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo. Ha sido profesor en las universidades de España y Puerto Rico y además conferencista en temas de liderazgo, ética y comunicación. Autor de 26 libros.

 

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