Por Jorge Yarce/Blogs LaFamilia.info - 17.11.2020

 

 

Suele decirse que hay personas con piel de rinoceronte porque se acostumbran a todo y son capaces de aguantar casi todo sin inmutarse. O, en otro sentido, porque están endurecidos, son refractarios a los sentimientos, tienen un corazón de piedra. A estos me refiero. Nadie nace así, porque es la vida la que va formando esa costra que aísla, que separa, que rechaza. Hace un tiempo, una persona conocida mía me confesó que había cumplido veinte años sin hablarle a su esposa; vivía encerrado en una especie de buhardilla en su propia casa, mientras el resto era ocupada por ella y por sus hijos.

 

Se me dirá que es un caso insólito y extremo, pero elocuente de unos seres endurecidos cuyo corazón no cuenta. El suyo es “un corazón desorientado (que) es una fábrica de fantasmas” (San Agustín), que van apoderándose de uno poco a poco: resentimientos, rencores, amarguras, discriminaciones e indiferencias y rechazos que son, en el fondo, una falta de amor. Incluso hay gente que, por sentirse vulnerables emocionalmente, se endurecen y crean una barrera respecto a los demás.

 

Con el paso del tiempo, si nos descuidamos, no solo crece el amor propio, la vanidad y el fiarse únicamente del propio criterio, sino que aparecen los juicios cáusticos, hirientes, con los que marcamos la vida de los demás, casi siempre gente cercana a nosotros. Se escapan de nuestra boca expresiones como “no tiene remedio”, “no quiero ni verla”, “no le volveré a hablar jamás”, etc. Aparecen ramalazos de odio en el corazón, aunque no nos atrevemos a llamarlo así. Gente por la cual nos jugábamos la vida, pasa a estar proscrita en nuestro corazón.

 

Contradictoriamente juzgamos a los demás por lo que realizan y nos juzgamos a nosotros por nuestras buenas intenciones. Nos volvemos dogmáticos, excluyentes, acerbos en la crítica, parecemos “plantas trepadoras, que no tienen malas intenciones, pero abrazan con una sed obstinada y mortal lo que encuentran a su alrededor y lo vacían de su fuerza vital. Su destino es bárbaro y primitivo”… (Márai).

 

O, con otra imagen, formamos parte de los “chupópteros”, una familia de insectos especializados en extraer de otros animales la sangre: vamos sacando para nosotros todo lo que nos conviene, lo que satisface nuestra sensualidad o nuestro orgullo y de los demás extraemos lo malo, lo negativo para restregárselos en determinadas circunstancias, para hacerlos quedar mal, para sembrar la discordia.

 

Que nadie se haga ilusiones porque fácilmente todos caemos presos del mecanismo de proyección que es una realidad palpable: creemos que a los demás les falta lo que realmente nos falta a nosotros. Por eso los vemos así, por eso nos ensañamos en ellos. Eso que creemos ver en ellos, es en realidad un espejo de nuestra alma. “Yo no sé cómo será el alma de un criminal pero me asomé al corazón de un hombre de bien y me quedé aterrado”, escribió alguien.

 

“Les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne” dice Dios al pueblo elegido que estaba endurecido. Hoy se habla de “los indignados”; pero son muchos más “los endurecidos”, aquello en los que nos transformamos cuando no comprendemos, no perdonamos, no disculpamos, no olvidamos y no aceptamos que los demás sean como son, o que sean diferentes o piensen diferente. Con el látigo de la lengua o del corazón los fustigamos incesantemente.

 

Y el remedio está en echar una mirada inteligente a nuestra alma y limpiarla de todas esas asperezas, despojarla del yo superlativo que la atenaza y no deja descubrir el maravilloso mundo de los otros, del respeto, de la comprensión, de la acogida generosa, del perdón, de la aceptación de sí mismo que abre el camino a la aceptación de los demás.

 

***

 

Jorge Yarce 

Doctor en Filosofía de la Universidad Lateranense (Roma) y cofundador y presidente del Instituto Latinoamericano de Liderazgo. Ha sido profesor en las universidades de España y Puerto Rico y además conferencista en temas de liderazgo, ética y comunicación. Autor de 26 libros.

 

 

 

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