Blogs LaFamilia.info - 21.09.2015

 

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Foto: FreeImages.com

 

Mucho se ha dicho y se sigue diciendo sobre si la mujer, al convertirse en madre, debe o no seguir trabajando. A mí me parece muy “simpática” esta discusión, sobre todo porque a la gran mayoría de mujeres les encantaría no tener que dejar a su bebé de meses para ir a una oficina. Pero la necesidad apremia y no siempre se puede decidir. La gran mayoría no nos hemos casado con un Onassis y nuestra realidad es dura: si no trabajamos, no comemos. ¿Qué podemos hacer si el mundo actual nos impone un nivel de vida exigente?

 

Si bien la gran mayoría de veces no podemos decidir porque nuestro sueldo es importante, yo recomiendo que miremos posibilidades, alternativas. Se pueden reducir gastos, se puede cambiar el estilo de vida de alto gasto por uno más austero si aprendemos a descubrir en la unión familiar y en la vida simple la riqueza verdadera. Los niños quieren estar con su mamá por sobre todas las cosas. No les importa, créanme, si es en la casa comiendo pop corn y jugando canicas, o en Disney. Sólo quieren estar con nosotras, pasar el tiempo. Tampoco les importa si tenemos la cartera último modelo o los zapatos de la temporada anterior. Lo más probable es que prefieran ropa vieja para jugar en el parque y ensuciarnos con ellos. ¿Nos importa lo que digan los demás sobre lo que tenemos, sobre nuestro éxito económico? Entonces el problema está en nuestras prioridades, en el desconocimiento de lo que implica criar niños felices. Busquemos posibilidades, medios tiempos, menos horas, ganar menos pero estar más con los niños. Ojo, lo digo sólo para los casos en que estamos priorizando lujos a necesidades básicas. Si nuestro caso es el segundo, no hay mucho que discutir.


Finalmente, los primeros años de los niños pasan tan rápido que en menos de lo que canta un gallo estaremos nuevamente con el tiempo suficiente para volver al mundo laboral y desarrollarnos como profesionales. Como muestra este video, no siempre no trabajar significa estancamiento. Una madre que ejerce como tal desarrolla una cantidad de virtudes que no lo logra el presidente del banco más grande del mundo simplemente por tener ese puesto. La madre, por exigencias naturales, aprende muchísimo, crece increíblemente y se cansa más que cualquier ejecutivo de alto rango. Así que no pensemos que por dedicarnos a nuestros hijos estamos dejando de ser mejores. Y si alguien le hace sentir lo contrario, déjenlo, ni discutan. La ignorancia es atrevida.

 

 
 

 

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mamaoca200x140Giuliana - La Mamá Oca

Peruana, Comunicadora Social de la Universidad de Lima y actualmente candidato a Master de Matrimonio y Familia en la Universidad de Navarra (España). Hace 5 años creó el proyecto "La Mamá Oca", una plataforma multimedia que tiene como misión ofrecerle a los padres recursos para criar niños felices, teniendo como eje la educación en virtudes. Actualmente dicta charlas, talleres y conferencias sobre temas de pedagogía familiar, matrimonio y afectividad. Casada y madre de dos pequeños hijos. 

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Blogs LaFamilia.info - 03.08.2015

 

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Cuando tuvimos a nuestra primera hija, como es habitual, fuimos a la cita con el pediatra entre los primeros siete días de su nacimiento. Y una de mis preguntas como madre primeriza fue“¿Cómo me doy cuenta de que la bebita tiene cólico de gases? El doctor me respondió: “Los cólicos de gases no existen. Lo que existe es el estrés de la madre transmitido directamente al bebé. Por eso lloran, porque están tensos”. Me explicó que en ciudades o comunidades donde las mujeres tienen niveles de educación académica menores, ese “mal” no existe ya que ser madre no es un tema de grandes decisiones o reflexiones. Las mujeres dan de lactar (y sí, al 97% les sale leche) y viven su maternidad sin problema. Con la mayor naturalidad del mundo. En cambio, en lugares donde las mujeres son más preparadas y tienen una vida profesional muy activa, el tema se complica: largas depresiones post parto, mucho gasto en fórmula y bebés más llorones. Todo esto sumado a la búsqueda del momento perfecto para tener hijos lo que, en muchos casos, ha contribuido a elevar las tasas de infertilidad a números nunca antes detectados en la historia.

 

¿Por qué les cuento esto? Porque al ver el video que les comparto debajo de este escrito, pensé inmediatamente en: ¿qué chip se ha quemado en nosotras, las mujeres, que vivimos una angustiosa inseguridad en torno a nuestro rol de madres? ¿Por qué mientras más sabemos, más tememos? ¿En qué parte de la historia nuestra liberación femenina sometió a nuestra naturaleza de mujeres? Lo que debería ser algo normal se ha convertido en un juego de decisiones, depresiones, postergaciones, sacrificios mal entendidos, entre otros tantos dramas, que nos han hecho pensar que la mujer no está hecha para ser madre de buenas a primeras y que si no somos súper archi perfectas –bajo nuestra propia escala de valores, claro está— nuestros hijos nos odiarán y serán pequeños monstruos infelices. Y así empezamos este calvario de amor que nos carga de culpas y cuestionamientos, además de tareas agotadoras para alcanzar esta utópica perfección.

 

Y cuando vemos experimentos como los de los videos, lloramos y ponemos “Me gusta” y “Compartir” como si fuesen descubrimientos atómicos de afectividad.

 

¿Qué nos ha pasado? ¿El feminismo radical no sólo convenció a los hombres de que son totalmente prescindibles como padres sino también nos convenció a nosotras que siendo simplemente madres dispuestas a amar y a educar estamos siendo imperfectas y candidatas a la infelicidad? ¿El mundo de hoy, consumista y relativista, ganó la guerra al amor puro y bueno, es decir, al más natural de los amores? ¿Realmente nos parece muy raro que nuestro propio hijo nos reconozca sólo por el tacto y por el olor?

 

Lo natural, en la actualidad, es lo que se “usa”, lo que hace la mayoría, no lo que realmente le hace bien al ser humano, como debería ser. Hoy es natural, por ejemplo, postergar la maternidad hasta los casi cuarenta. O tener pocos hijos. O no tenerlos. Pero debemos comprender que si bien el desarrollo profesional es muy importante, ser madre, amar y recibir amor incondicional, no por ser perfectas, sino sólo por ser mamás, es lo natural. Es normal. Es extraordinario dentro de lo ordinario de su esencia. ¿Cómo nuestro hijo no nos va a reconocer con sólo olernos si, supuestamente, toda la primera parte de su vida está pegado a nuestro pecho y sostenido por nuestros brazos? O, al menos, debería ser así.

 

Muy bueno el trabajo de este video para hacernos recordar que existe un vínculo natural y potente entre una madre y su hijo. Que nuestra familia es feliz con tan sólo tenernos. Que debemos aceptarlo por más que nos cueste. Que debemos ser humildes. Decir sencillamente: así soy y, si bien no soy perfecta, merezco que me amen con mis defectos y virtudes. Y estar convencida de que así es. No estoy diciendo que perdamos las ganas de ser mejor. Al contrario. Nuestros hijos siempre valorarán esta lucha en nosotras. Pero no perdamos de vista qué es lo más importante. Y para darles una pista en esta reflexión recuerden que “lo esencial es invisible a los ojos”. Así lo demuestran los niños del video.

 

 

 

*Artículo escrito originalmente para Catholic-Link.com

 

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Blogs LaFamilia.info - 04.06.2015

 

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Más de una vez hemos leído o escuchado bromas relacionadas con la falta de tiempo que vivimos las madres. Algunas de éstas, muy simpáticas por cierto, son:

 

– Eres madre cuando un paseo por el supermercado es como una mega vacación.

– Eres madre cuando tu ducha de 15 minutos por la noche la sientes como un “one day spa”.

– Eres madre cuando tu ´happy hour´ es la hora que pasa entre que tus hijos se acuestan y tú te acuestas.

 

Pero bueno, estas no son sólo bromas. Son una realidad completa. La falta de tiempo para nosotras mismas es quizás lo que más extrañamos de nuestra época de no ser mamás. En mi caso, por ejemplo, si me preguntan qué es lo que más extraño de mi tiempo de soltera, no es en absoluto las fiestas, o salir sin pensar en la hora, ni en lo que tenía que hacer al día siguiente. Lo que más extraño es el poder pasar un fin de semana tirada en mi cama haciendo nada, SOLA. Pero no sólo sola a nivel físico, sino mental, sin el pensar qué estarán haciendo mis hijitos, o qué estará pasando en mi casa ahora que no estoy.

 

¿Qué les pasa por la cabeza cuando se imaginan que pueden estar solas un buen tiempo, dejando la casa, los hijos y el marido a un lado? No sólo parece película de ciencia ficción sino también una locura, considerando que nosotras, las mujeres, pensamos que nada funciona bien sin nuestra presencia o supervisión. ¿Qué comerán nuestros hijos, se bañarán, quién les contará el cuento? Bueno, amigas, les cuento que posiblemente nuestros hijos la pasarán bomba sin nosotras, comiendo lo que sea, hasta sin bañarse. Y lo mejor: seguirán vivitos y coleando después de esta experiencia cuasi utópica.

 

Un hábito saludable para las madres

 

Se lo hemos escuchado a más de una persona: las mujeres nos inmolamos por el resto y no pensamos en nosotras. Es nuestra naturaleza: el dar, dar, dar y olvidarnos que de vez en cuando tenemos que preocuparnos por nuestra salud y bienestar. Sin embargo, no hacemos nada para cambiarlo.

 

En su libro “Los 10 hábitos de las madres felices”, la doctora Meg Meeker menciona a la soledad como uno de estos hábitos fundamentales para vivir la maternidad como algo muy positivo.

 

Ella dice: “¿Por qué es tan importante la soledad? (…) Robustece las relaciones con nuestros seres queridos, agudiza nuestra sensibilidad hacia nosotras mismas y hacia otros, nos da paz y nos recompone, nos ayuda a estar centradas y a permanecer cuerdas en medio de la “locura del exceso de opciones” e incluso puede que nos alargue la vida”. En otra parte del capítulo completa la idea diciendo: “Necesitamos soledad porque nos hace madres más sensibles. Eliminar de nuestra vida la estimulación y el ruido constantes agudiza de hecho nuestra sensibilidad. También la soledad nos fuerza a ponernos frente a nosotras mismas”. Luego continúa: “Nos permite distanciarnos de las tensiones diarias y mirarlas desde una perspectiva diferente. (…) La soledad nos ayuda a dilucidar lo que realmente queremos. Cuando estamos con nuestros hijos, familia o amigos, oímos constantemente sus opiniones y sentimientos. La soledad, sin embargo, nos permite pensar con más profundidad sobre lo que queremos y por qué lo queremos. Nuestra voz es la única que oímos (…)”.

 

Pero es importante aclarar a que nos estamos refiriendo con soledad: no es ir al gimnasio, o salir a tomar café con las amigas. “La soledad tiene que ver con relajarse, pensar y, frecuentemente, no pensar. Es un tiempo de quietud, reflexión o meditación”, dice Meeker.

 

Todo esto suena maravilloso pero, ¿de dónde sacamos el tiempo? ¿No es algo egoísta? No, porque la soledad bien entendida es un tiempo para reflexionar, de introspección, meditación, oración, con el fin de ser mejores mamás, esposas, profesionales, es decir, personas en su totalidad.

 

¿Cómo encontrar el tiempo en nuestra agenda?

 

Algunas madres no tenemos cómo recortar nuestras actividades. Sobre todo cuando los hijos son chiquitos y si somos mamás que trabajamos y que, encima, los inscribimos en miles de clases particulares, es algo imposible. Si bien hay que analizar hasta dónde es necesaria tanta actividad, igual hay algunas formas de encontrar espacios. Por ejemplo, apagar el celular al final del día. O que alguien te cuide a los hijos de vez en cuando por una hora, también puede ayudar.

 

Porque el estar solas no es un tema que debemos desestimar. “Debemos cambiar este hábito malo, porque nuestra tozudez está corroyendo lentamente algo muy dentro de nosotras. Está embotando nuestros sentidos, desluciendo nuestra sensibilidad hacia los demás y matando nuestro espíritu. Cuanto más evitemos el reposo, más frías seremos para con nosotras mismas. Y esta situación es peligrosa, pues, cuando somos insensibles para con nosotras mismas, podemos llenarnos de desprecio hacia nosotras. Y ese es un estado muy doloroso”, dice la doctora Meeker.

 

Alejarse del ruido

 

Vivimos en un ruido constante: el tráfico, los niños, la televisión cada vez más nociva, las amigas, los chismes, los problemas. Sólo escribir esta pequeña lista me ha hecho sentir agotada. No tengamos miedo a estar solas, a pensar. Es importante y un lujo que cada vez tenemos menos por todo el estrés que vivimos. Pero es un hábito que nos ayudará muchísimo a hacer mejores madres.

 

Algunas pautas por la doctora Meeker

 

Empieza con ratos pequeños. ¿Que no tienes tiempo alguno? Seguro que si te proponen un plan que te encanta con amigos o para tus hijos haces lo imposible pero sacas el tiempo de donde sea. “Podemos encontrar momentos de soledad y de silencio cuando estamos fregando el suelo o en el coche, mientras llevamos a los niños al colegio o volvemos del trabajo. El primer desafío es sencillamente decidirte a encontrar momentos para la soledad y aprovecharlos luego”.


Busca un lugar para estar sola (y házselo saber a todo el mundo). “Las madres necesitamos un rincón, un almohadón en el suelo, un armario, un despacho: un lugar seguro donde podamos estar completamente solas. A medida que mis hijos crecieron, se dieron cuenta de que les merecía la pena que yo pasara tiempo en mi rincón. Cuando salía, era un persona más agradable”.


Tranquiliza tu mente (sí, puedes hacerlo). Esta parte es la más difícil para mí. La típica es que logro ir una vez cada miles de años a un spa, y estoy en el sauna pensando en todo lo que estoy dejando de hacer por estar ahí, relajándome. Pero aquí va un salvavidas para mí: “Es posible desconectar la mente, pero requiere cierto entrenamiento. Y es un ejercicio al alcance de todas, especialmente cuando el resultado nos beneficia y podemos sentir esos beneficios al momento. (…) Date a ti misma permiso para preocuparte de las cosas más tarde, como en treinta minutos, pero no durante tu tiempo de soledad”.


Profundiza. Si ya lograste tener el tiempo, el lugar y la tranquilidad mental, el siguiente paso es profundizar sobre nosotras mismas, lo que nos gusta, en lo positivo. Nada de enredarse en los problemas solo por amor al látigo. “Si se te presentan constantemente a tu mente preocupaciones, dite a ti misma que te preocuparás de ellas dentro de treinta minutos, pero que en ese preciso momento quiere que tu mente esté tranquila. Todavía mejor, enfoca tus problemas con la actitud de que vas a resolverlos y de que todo irá bien”, dice la doctora. No te olvides de rezar. Eso también es una terapia totalmente efectiva.


Ya saben. Hay que darnos el espacio. No es algo egoísta, al contrario. Llegar renovadas y felices, será algo provechoso no sólo para nosotras sino para toda la familia.

 

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Blogs LaFamilia.info - 13.07.2015

 

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Hace unos días estuve en una reunión social con amigos de la infancia de mi esposo. Como es habitual, los hombres se fueron por un lado a conversar y las esposas nos quedamos en la sala poniéndonos al día porque hace tiempo que no nos veíamos. Yo conversaba con dos y les pregunté qué edades tenían sus hijos mayores. Coincidentemente me respondieron que 9 años. Y yo hice un comentario con la mejor intención, sobre todo refiriéndome a lo rápido que pasa el tiempo. Les dije: “Qué grandes, con lo rápido que pasa el tiempo, en menos de lo que se imaginan van a estar en el altar casándolos”. La reacción de ambas fue como si les hubiese dicho: “Ay, ojalá se contagien de Ébola y se mueran todos”. Es más, una de las dos, antes de contestarme, me dijo: “¿Qué edad tiene tu hija?”. Yo respondí: “Cuatro años”. Ella dijo: “De repente mi hijo es el que se casa con tu hija y también estarás igual que yo”. De ahí se suscitó una serie de comentarios como que no, me muero, cómo se iban a casar tan jóvenes, si primero tenían que estudiar, viajar y vivir.

 

Y claro, más allá del sinsabor del momento –ya que mi intención no fue ofender a nadie— me quedé pensando por varios días en cómo ha cambiado el concepto del matrimonio. Pareciera que todos estamos condenados, de alguna manera, a esta pena capital y tenemos que disfrutar lo más posible antes de caminar por el pasillo de la muerte con música nupcial. ¿Por qué está pasando esto?

 

Es lógico pensar que casarse es algo malo si es que vemos tantos casos de divorcios o relaciones poco “amables” a nuestro alrededor. Pero este rechazo va un poco más allá, creo yo. Y es porque el mundo de hoy ofrece tanta rapidez, tanto acceso a “ser libre”, a comprar, viajar, tener relaciones libres por todos lados, que obviamente comprometerse con otro no es más que cortarse las alas ante tanto placer. Hoy no me voy a detener a hablar de qué se trata la verdadera libertad. Sin embargo, y a pesar de esta mentalidad, las personas siguen casándose y todos queremos hacerlo desde que empezamos a pensarnos y sentirnos capaces de enamorarnos de otra persona. El problema está en que no estamos educando a nuestros hijos en el verdadero significado del matrimonio y lo que esto implica. Sino que pasan de esta montaña rusa de soltería a una vida que empieza a convertirse en “tediosa” con la llegada de los hijos y las responsabilidades. Y si no saben en lo que se están “metiendo”, de hecho no van a pasarla tan bien.

 

Esto no quiere decir que el matrimonio es horrible y hay que estar preparado para asumir la pesadilla. Al contrario. El matrimonio, cuando se entiende su verdadera dimensión de donación, apoyo mutuo y crianza de los hijos, es algo increíble. Es escribir una historia juntos –con buenos y malos momentos–, es crecer, es compartir, es vivir una vocación que tenemos impresa en nuestra naturaleza. ¿Sino por qué creen que todos se quieren casar así alrededor vean matrimonios que se rompen a cada rato? Porque es una tendencia natural. Y ante algo que se va a dar sí o sí en la mayoría de los casos, ante una forma de vida “para toda la vida”, qué mejor si les enseñamos a nuestros hijos el verdadero significado del matrimonio para que sean realmente felices.

 

Por supuesto, y no me canso de repetirlo, hay que empezar por ejemplo con nuestro matrimonio. Y si es que vivimos en una situación de divorcio o de un hogar monoparental, igual estamos en la obligación de darle a nuestros hijos los criterios correctos y no pensar que porque a nosotros nos fue mal, ellos también están condenados. Al contrario, enseñémosle a que no comentan los mismos errores y vean en el matrimonio un camino para ser verdaderamente felices.

 

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