Por Regino Navarro/Blogs LaFamilia.info - 03.03.2021

 

“Un mundo feliz” es el título de una novela de Aldous Huxley publicada en 1932 que narra un escenario futurista donde la guerra y la pobreza han sido erradicadas, y todos son felices de modo permanente. Sin embargo, la paradoja es que todas estas cosas se han alcanzado después de erradicar muchas otras: la familia, la diversidad cultural, el arte, la literatura, la religión, la filosofía, el amor. Me vino a la mente esta obra, al igual que Fahrenheit 451, hace unos días al salir de casa. Vi a la gente a mi alrededor paseando o trotando, niños jugando en el parque con sus niñeras, algunos hacían ejercicios fuertes con un entrenador, otros de regreso del trabajo…y todos con máscaras. Tapabocas distintos que escondían gestos y sentimientos. Era una sensación de estar en un mundo irreal con gente anónima y aislada. Ya no eran mis vecinos de hace un año, las familias amigas de siempre, los compañeros vespertinos de caminata…. Era una escena de película, un cuadro surrealista o quizá un sueño sin sentido.

 

La sensación, que fue fuerte, duró unos segundos, pero me marcó. ¿Qué había pasado? ¿Qué sentido tenía todo esto? No tenía nada que ver con la realidad de hace un año, era un situación rara y desconcertante. La gente parecía estar normal, la vida era semejante a la de siempre…pero todo distinto. ¿Cómo pudo ocurrir que una situación tan rara fuese asumida de modo tan normal? Recordé entonces un relato clásico, el síndrome de la rana hervida. Si una rana cae en un recipiente con agua hirviendo, su sistema nervioso y muscular hacen posible que con un respingo salte y salga de la vasija. En cambio, si una rana disfruta de un agua tibia se acomoda a ella y allí permanece, incluso al ir calentándose progresivamente hasta llegar a la ebullición. Al final, y es la moraleja del relato, la rana muere en el agua hirviendo.

 

Es lo que puede ocurrir a una persona o un grupo social ante un problema que evoluciona tan lentamente que sus daños no se perciben o se sitúan en un futuro lejano, y cuando se reacciona, ya es tarde para evitar o revertir los daños que ya están hechos. La historia se usa a menudo como una metáfora de la incapacidad o falta de voluntad de las personas para reaccionar ante las amenazas si estas surgen gradualmente en lugar de hacerlo de repente.

 

No pretendo decir, ni mucho menos, que no hagamos lo que nos recomiendan las autoridades sanitarias y gubernamentales, pues parece que es la mejor solución, y quizá la única. Quiero simplemente mencionar el hecho de lo desconcertante que resulta lo que estamos viviendo y cómo nos hemos acomodado a la nueva realidad. Y también que es lógico plantearse para donde va el mundo y nosotros en él. En muchos ambientes el uso del tapabocas, la vida más o menos aislada y el uso del alcohol o del gel, hacen parte del día a día que hemos asumido con naturalidad.

 

Los temas de conversación pasan a ser el tapaboca de última generación, el nuevo gel y el alcohol aromatizado. los hogares se fueron adaptando a la nueva realidad y la vacuna es el tema del día y lo será durante todo el año. Es de agradecer que sea así, pues de lo contrario el peligro para la salud mental sería mayor. La capacidad de adaptación es importante y saber vivir la realidad, también. Sin embargo, conviene no perder la capacidad crítica, el pensamiento propio y el criterio bien formado, para no caer en el llamado “pensamiento único”.

 

 

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Regino Navarro Ribera

Fundador y Director de LaFamilia.info. Español de nacimiento pero colombiano de adopción. Coach profesional, especialista en Ciencias del Comportamiento, estudios en Orientación y Consejería, profesor, conferencista y autor de varios libros. Twitter: @ReginoNavarroR

 

 

Por Regino Navarro/Blogs LaFamilia.info - 11.02.2021

 

La ternura es suave,

huye de destemplanzas y tensiones.

La ternura es serena,

tiene brillo en la mirada y paz en el alma.

 

La ternura es silencio,

su alegría no se ve, pero se palpa y grita sin ruido.

La ternura huele a flor silvestre y a azahar,

sabe a miel.

 

La ternura siente y percibe,

es receptiva, amable y cariñosa

La ternura enternece,

y atrae más ternura porque es contagiosa.

 

La ternura es entrañable, 

por eso mira con cariño y es calmada al hablar.

La ternura trata con delicadezas,

pero no empalaga, ni es relamida.

 

La ternura sonríe,

y habla, después de que escucha.

La ternura penetra los corazones,

fascina, atrae y enamora.

 

La ternura ve lo que no se ve,

la esencia, lo que cuenta.

La ternura es recta,

toca sin manchar, habla sin herir y es firme.

 

La ternura es sencilla,

huye de lo complicado y de lo complejo.

La ternura es descanso,

es diáfana y gusta de claridad.

 

Es piadosa con Dios,

con los ancianos, con los niños y con las mujeres embarazadas

La ternura es agradecida,

es sencillez que desarma y naturalidad encantadora.

 

 

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Regino Navarro Ribera

Fundador y Director de LaFamilia.info. Español de nacimiento pero colombiano de adopción. Coach profesional, especialista en Ciencias del Comportamiento, estudios en Orientación y Consejería, profesor, conferencista y autor de varios libros. Twitter: @ReginoNavarroR

 

 

Por Regino Navarro/Blogs LaFamilia.info - 05.02.2021

 

Continuando la serie de artículos sobre aspectos humanos de la pandemia, podemos preguntarnos ahora, ¿el distanciamiento físico conduce al distanciamiento emocional? Hagamos una especie de diagnóstico. Cada uno puede observar su propia experiencia en este casi un año que llevamos ‘guardando las distancias’. Con algunas personas, familiares, por ejemplo, es probable que se haya podido suplir la distancia física con una mayor relación virtual y algo presencial, y de esa manera siga existiendo cercanía. Podría incluso suceder que se incrementó la empatía porque hay muchos sentimientos a flor de piel, o porque hay menos inhibición para hablar de temas personales, o por existir espacios donde no hay prisa y sí, en cambio, mayor tranquilidad.

 

Cumpleaños y aniversarios se han reducido a su mínima expresión en cuanto al número de invitados. Los encuentros sociales para disfrutar de un buen vino o un trago casi han desaparecido, y así esas relaciones que son tan gratificantes para el ser humano y que ayudan a reforzar la amistad ya no existen pues las han estigmatizado absolutizado sus inconvenientes. Que conste que no las estoy promoviendo, pero sí creo que conviene matizar, aunque este no es el tema actual. En el trabajo los momentos sabrosos para compartir un café y comentar la actualidad, además de que están prohibidos, nadie se atreve a hacerlos. Y los negocios se hacen todos de forma virtual.

 

En resumen, me atrevería a afirmar que el distanciamiento físico ha podido llevar, en primer lugar, a intensificar la cercanía emocional con un reducido número de personas, en unos casos familiares y en otros amigos muy próximos. Por otra parte, se han perdido bastantes relaciones que se basaban en encuentros periódicos en cafeterías, peluquerías, gimnasios, etc. Y en tercer lugar se ha incrementado el individualismo. Educación virtual, trabajo virtual, vida social virtual…Es un diagnóstico un tanto radical y parcial pero que señala que en algunos casos existe el peligro de acostumbrarse a vivir aislados unos de otros, a que el mundo emocional, la esfera de los sentimientos, se vaya debilitando.

 

Al llegar aquí podemos mencionar las mascotas. Conviene resaltar que como el ser humano tiene necesidad de dar y recibir afecto, ha encontrado una solución para esta tendencia en esos animales cariñosos, que son los grandes ganadores del distanciamiento social. Tanto las reglamentaciones oficiales como las disposiciones sanitarias facilitan que las mascotas ayuden a suplir el distanciamiento físico, siendo la única compañía que no tiene restricciones. Sin embargo, a pesar de que algunos animales puedan convertirse en ‘el mejor amigo del hombre’, el vacío emocional sigue estando ahí.

 

Todo lo anterior no tiene otro objeto que motivar a mis lectores para que la pandemia no nos lleve a alejarnos de nuestros seres queridos y de los amigos de toda la vida, y a no caer en un individualismo malsano. Esta temporada no debería ser un paréntesis en el cuidado de las relaciones interpersonales, pues estaríamos perdiendo la sal de la vida. Con la prudencia debida, pero con una intencionalidad realista, clara y firme, podríamos proponernos sostener y quizá aumentar la cercanía emocional con las personas. No esperemos a que la pandemia se acabe, pues quizá nunca acabe sino que se controle. Lo que es importante hay que vivirlo desde ahora, ya.

 

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Regino Navarro Ribera

Fundador y Director de LaFamilia.info. Español de nacimiento pero colombiano de adopción. Coach profesional, especialista en Ciencias del Comportamiento, estudios en Orientación y Consejería, profesor, conferencista y autor de varios libros. Twitter: @ReginoNavarroR

 

 

Por Regino Navarro/Blogs LaFamilia.info - 26.01.2021

 

 

Tengo que confesar que tengo miedo al covid, a enfermar y a morir. Ya lo dije. En meses pasados no estaba el miedo entre mis emociones, aunque sí existía una cierta inquietud, preocupación y susto, que se manifestaba de vez en cuando. Hace tres semanas una persona cercana y muy querida enfermó y desde entonces está hospitalizado, en la UCI. Mí mente cambió y mis sentimientos también: apareció el miedo. Escribo esta columna a modo de catarsis, por lo tanto, puede dejar de leer en este momento.

 

¿De dónde surge el miedo, por qué aparece? Por una parte, el parte diario de la clínica, tan necesario para estar cerca de un ser querido y tener información de primera mano, se convierte en una cierta obsesión. Además las noticias de los medios suelen ser catastróficas, los récords diarios de infectados y muertos, dejan de ser la tabla de clasificación de la Liga española y se convierte en la advertencia de un peligro cada vez más cercano. Se convierte en “el tema” de conversación con familiares y amigos. 

 

Hay que tener en cuenta también que los rasgos de la personalidad influyen mucho. Las personas emotivas lo pasan muy mal. Aparece la ansiedad y todo se complica. El diccionario de la RAE afirma que el miedo es una angustia por un riesgo o daño real o imaginario, un recelo o aprensión de que suceda algo contrario a lo que se desea. Me pregunto si en este caso el peligro es real o imaginario. Quizá de todo un poco. Clarificar las posibilidades de riesgo y tomar decisiones prudentes aquietan la ansiedad, pero no la eliminan. Hay que intentar que el miedo no maneje la propia vida, que no determine la conducta, y seguir actuando con cierta normalidad. Esto es fácil de decir, pero menos de vivir cuando se está en el círculo cercano. 

 

Las posibles soluciones van en la línea de manejar adecuadamente los pensamientos, el lenguaje y la conducta. Conviene reformular los pensamientos catastróficos, negativos y pesimistas para convertirlos en ideas más reales, con datos y cifras, con hechos. Es decir, racionalizar las sensaciones que se puedan tener. Los pensamientos se expresan en buena medida a través del lenguaje. Ojalá se hable poco del covid, y cuando se haga que sea en términos alentadores. El manejo de la conducta también es importante. Se trata de seguir haciendo lo que hemos previsto hacer cuando nos sentimos bien, o lo que se concretó en un proceso de ayuda. El pensamiento de “no lo hago porque me siento mal”, conviene sustituirlo por “lo hago para sentirme bien, aunque me siento mal”. La acción pone en marcha cambios metabólicos que influyen positivamente en el estado de ánimo. Los profesionales de este tema nos podrán ayudar con mucha efectividad.

 

Los creyentes tenemos una ventaja adicional. La parte espiritual no sustituye a la medicina ni a la psicología, pero es una solución transversal a todas ellas. Creer en Dios como un padre amoroso, creer que Dios quiere a cada ser humano con misericordia infinita, y creer que con la muerte se inicia la verdadera vida, que no acaba y que consiste en estar con Jesús y con María, es una enorme ayuda para vivir las normas de prevención establecidas, para acompañar a los enfermos, para encontrar un sentido al sufrimiento y la enfermedad, y para morir con esa alegría que vemos en los santos. Tengo miedo, sí, pero confío en la propia capacidad de ser prudente, confío en los médicos y confío en Dios.

 

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Regino Navarro Ribera

Fundador y Director de LaFamilia.info. Español de nacimiento pero colombiano de adopción. Coach profesional, especialista en Ciencias del Comportamiento, estudios en Orientación y Consejería, profesor, conferencista y autor de varios libros. Twitter: @ReginoNavarroR

 

 

 

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