Blogs LaFamilia.info - 14.10.2016

 

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Una persona de corazón noble se reconoce ante las demás por su benevolencia al actuar, su carisma para tratar a sus semejantes, su bondad para direccionar sus pasos y su capacidad de recapacitar y tomar las riendas de su vida. Siempre es bueno hacer un alto en el camino para revisar qué tan certeras han sido nuestras acciones y cómo podemos retribuir a los demás por haber errado u ocasionado alguna ofensa. A veces, con las personas más cercanas, hemos sido soberbios, ocasionando humillaciones y dolores profundos, difíciles de resarcir.  

 

Anticipándonos a la época de navidad, en donde se debe vivir con plenitud y compromiso total, el amor, la bondad y la paz que tanto necesitamos, en este mes reflexionaré acerca de la nobleza, actitud indispensable para lograr acercarnos y estrechar lazos de fraternidad, vital para perdonar y ser perdonados como señal de seres racionales, capaces de alcanzar todo lo que nos propongamos, en especial el vivir con plenitud los valores irremplazables de la familia.

 

No es fácil vivir esta virtud pues hace parte de los sentimientos más sublimes del ser humano. La característica de persona noble sólo se dará en la medida en que nuestro proceder esté encaminado hacia la búsqueda de la generosidad hacia los demás, la piedad, la misericordia, la amabilidad y la tolerancia. Sólo se hace palpable en aquellos que anteponen el valor de la otra persona sobre sí mismos; en los que actúan con sensibilidad, indulgencia y condescendencia para con los demás. No se hace más ni menos ante los demás por el simple hecho de reconocer que también merecen respeto, buen trato, ternura y clemencia. Al contrario, quien noble se hace grande ante quienes lo rodean pues demuestra gran sentido de humanidad y lo bondadoso de su corazón.

 

La nobleza se hace necesaria en los lugares más cercanos; hay que recordar que la “caridad comienza en casa”, por tal motivo, la nobleza también. No debemos ser buenas personas sólo con los compañeros de trabajo o amistades, sino además, con los integrantes de la familia. Ellos deben ser los primeros beneficiados del gran amor que les profesamos, con palabras, obras, pensamientos y ayudas constantes. Somos caritativos, cariñosos, tiernos y amables fuera de casa… ¿y qué les espera a los que están dentro de ella? ¿Malas palabras? ¿Gestos molestos? ¿Ignorancia en las decisiones? En estos días quedé sorprendida con una pareja en un supermercado que estaba realizando compras, la esposa (supongo que era ella), aconsejó a su esposo sobre retirar del camino el carro de las compras y la respuesta fue un grito y una frase grotesca; la señora hizo silencio, bajó la mirada y siguieron sus pasos. Qué triste es observar estas situaciones tan repetitivas muchas veces, que por cotidianidad y demasiada confianza, pasan a ser irrespetuosas e inaceptables con todas las personas y en especial, con los integrantes de la familia.

 

“Ser noble es de nobles” pues para ser calificados como tal, es indispensable tener características de distinción, gentileza, delicadeza, garbo, estilo y finura. Tener también una buena educación enmarca una serie de elementos que nos hace destacar frente a las demás personas, con refinamiento y talante. Entonces la nobleza hace parte de este conjunto de situaciones que nos pone en la cima del hacer las cosas correctamente y de abrirnos el camino al cielo porque el que actúa con nobleza, sabe perdonar y pedir perdón, reconocer qué tanto ha avanzado en su camino de perfeccionamiento y acepta las correcciones fraternas siempre para bien suyo y el de los demás.

 

Lo contrario a la nobleza sería el actuar con mezquindad, individualismo, egoísmo e ingratitud, buscando sólo el bien personal, atropellando a los demás para sobresalir o lograr lo que se quiere. En el camino encontramos a muchas personas que actúan de esta manera y es vital que les enseñemos a través de nuestro ejemplo, para que se modifiquen estas actuaciones y se logre construir un mundo más justo y noble para todos.

 

Comencemos con vivir la nobleza en los hogares y en los colegios, para que a su vez se transmita a través de la práctica del día a día y de los pequeños detalles, la buena costumbre de hacer lo correcto y en el momento indicado,  edificando la práctica de virtudes indispensables para la sana convivencia.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 11.10.2016

 

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Hay que animarnos a tener un orden en nuestras vidas. Pero… ¿qué significa vivir el orden en todo momento y lugar? ¿Estará relacionado con la organización del hacer, del pensar y del sentir? ¿Cómo ponemos orden a nuestros actos cuando alrededor hay tantas situaciones que nos alejan de las metas planeadas?


En este mes de octubre, entraremos a analizar cómo el orden es la mejor herramienta para poder alcanzar el feliz término de cada acción y cómo esta virtud favorece de manera asertiva la búsqueda de la perfección personal y por ende, la de la vida familiar y profesional. Sabiamente san Josémaría Escrivá de Balaguer, en su libro Camino, mencionó la frase “¿Virtud sin orden?- ¡Rara virtud!” (punto 79) y ésta nos debe llevar a la reflexión de comprender que el orden es la base de todas las demás virtudes; sin orden, es casi imposible poder aferrarse a las demás pues para que una virtud se convierta en tal, se requiere de un hábito, y este a su vez, debe cumplirse paso a paso, segundo a segundo, minuto a minuto, hasta que se vuelve intrínseco, parte de nuestra vida. Sin el orden no se alcanzaría el hábito, no se interiorizaría ni podría llevarse a la realidad.


Por ello es indispensable que en cada hogar, desde que los hijos están pequeños, se estén brindando los espacios y los medios para vivir la virtud del orden; además, reconociendo que el mejor elemento para enseñarla siempre será el ejemplo, porque el orden ayudará a encontrar el camino más sabio para resolver las diversas situaciones que se nos presentan en la vida; a través de esta práctica se nos despejará el horizonte a seguir, plantearemos alternativas posibles, daremos prioridades a las acciones y trataremos de tomar las decisiones de manera prudente y consciente, buscando siempre la bondad y la verdad en los actos. Esta virtud favorece también la armonía en el hogar porque cuando se practica el orden (sin que rebose el límite de la obsesión) se aprende a actuar de manera mesurada, sabia y equilibrada.


Cabe anotar que, aprender a ser ordenados no es una tarea fácil pues si lo fuera, todo sería más sencillo de alcanzar. Cuántas tareas hemos tenido que abandonar por saltarnos pasos en un plan, obteniendo resultados desfavorables; cuántas veces hemos tenido fracasos por desconocer la necesidad de cumplir unos lineamientos específicos en el manejo de herramientas porque siempre queremos culminar una actividad de manera rápida y desconociendo procesos necesarios.

 

Cuántas veces vivimos la vida desordenadamente queriendo atrapar con nuestras manos el mundo entero, desconociendo que cada etapa tiene su edad y que no es necesario vivirlo todo para ser felices o ser sabios. Lamentablemente la vida actual ha presentado todo tan efímero y nosotros le hemos dado demasiada importancia a las cosas que en la realidad no revisten de valor.


Muchas veces hemos dejado indefensa a nuestra vida, poniéndola a la deriva o a merced de otros. Fácilmente cambiamos de opinión, de ideas, de pensamientos, de costumbres y hasta de principios por lo que opinan o dicen los demás. Y todo lo anterior se podría resumir en un aspecto vital en nuestras vidas: dejamos que otros tracen nuestro destino, nuestro camino; dejamos que otros manejen nuestro timón del barco. Nos falta pensar con mayor detenimiento qué queremos lograr y cuáles son los aspectos fundamentales que debemos fortalecer para conseguir tal fin. Y para alcanzar esa meta es importante poder establecer un plan de vida, el cual nos ayudará a tener un horizonte visible y los pasos que se deben seguir hasta llegar hasta él. “Si no tienes un plan de vida, nunca tendrás orden” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, Punto 76).


Cuando una persona es ordenada, tiene infinidad de cualidades que la destacan sobre los demás. El orden va de la mano de la responsabilidad, el compromiso, la prudencia, la disciplina y la tranquilidad. Cuando en un hogar se vive el orden, todo se encuentra agradable a la vista; se encuentran los objetos con facilidad sin perder el tiempo en la búsqueda de los mismos; se logran interiorizar hábitos de higiene, aseo, buena alimentación, ya que se vuelven rutina necesaria para el cuidado del propio cuerpo. Con el orden existe la buena práctica de escuchar a quien habla, de respetar los objetos de los demás, de cumplir las normas dentro de la sociedad, de vivir en un ambiente agradable para todos sin sobrepasar los límites y ante todo, reconociendo que todos tenemos los mismos derechos y que es muy sabia la frase muy conocida de “hacer a los demás lo que nos gusta que nos hagan a nosotros”.


Indiscutiblemente el orden interiorizado y hecho vida en cada una de las personas, traerá como consecuencia el realizar con satisfacción cada tarea reconociendo nuestros derechos y cumpliendo nuestros deberes.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 01.09.2016

 

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Dentro del raciocinio propio del ser humano, muchas veces se van reacomodando concepciones, pensamientos e ideas para equilibrarlas o justificarlas frente al mundo actual. No cabe duda que, algunas cuantas personas también están tan arraigados a las costumbres y tradiciones, que ante cualquier situación que afecta su proceder o que mueve “el piso” que los sostiene, buscarán incansablemente seguir cuidando y protegiendo los valores, principios y moral, que rigen la brújula de las buenas prácticas y del respeto por sí mismo y los demás.


Pero no podemos caminar hacia lados diferentes en cuanto a lo que concierne a la formación de las personas, ni al deber ser. Tampoco, estar enfrentados entre todos por las ideas contrapuestas de los demás porque debe prevalecer el principio de la tolerancia, la alteridad y el respeto, sin imposiciones por beneficio propio.

 

Necesitamos recuperar todo aquello que nos diferencia de los demás seres de la naturaleza y que nos pone en un eslabón más alto y es, el actuar con inteligencia. “La moda, sí incomoda”, no es como nos lo quiere hacer creer el resto del mundo. Si es verdad que el ir al vaivén de los medios, de la modernidad, de lo que hacen otros y queremos imitar, puede llegar a afectarnos de tal manera, que iremos poco a poco perdiendo lo esencial, como cuando queremos atrapar arena en nuestras manos y con movimientos, caídas y levantadas, se va deslizando entre los dedos hasta perderla toda. Nuestra vida no puede convertirse en arena. Debe ser de un material sólido, incapaz de rodar, patinar o desaparecer por el descuido de nosotros mismos o por la presión de las personas que están a nuestro alrededor.


Por ello, en esta ocasión, entraremos en el mundo mágico de la sobriedad, no aquella vista sólo desde la perspectiva del control de nuestros instintos sino de la primacía del hombre para ser más que satisfacción de caprichos y del enfoque de la verdadera razón de ser. “Todo está entrando por los ojos” y con ello direccionamos el tener, el hacer y el sentir en nuestras vidas. Anhelamos lo de otros, no nos saciamos con lo que hemos conseguido, siempre queremos más. Si tenemos una vivienda acorde a nuestras necesidades, ambicionamos una más grande; si adquirimos un vehículo, ansiamos el último modelo y más moderno según últimas noticias; si viajamos en familia, estamos programando la siguiente travesía, y así sucesivamente, dejamos pasar tantos detalles y momentos inigualables, irremplazables, que no se volverán a repetir. El tiempo pasa, los hijos crecen (en el caso de ser papá o mamá), las facultades humanas van declinando, y a veces, sólo nuestras vidas sigue girando alrededor de lo material, que es efímero y no es lo que brinda alegría en el interior porque está demostrado que con lo material no quedamos satisfechos con facilidad.


Cuántas veces pasamos la vida familiar estudiando, trabajando, preparándonos para el futuro… y el presente se va con tanta facilidad, que cuando revisamos los tesoros conseguidos no tenemos con quién disfrutarlos. ¿Cuántas familias han quebrantado sus lazos porque se anteponen trivialidades? ¿Cuánto amor se ha herido o acabado por poner encima del verdadero valor de las personas a las cosas materiales? ¿Qué es lo realmente importante en nuestras vidas?


Por ello, una de las virtudes que ayuda en la toma de decisiones de manera apropiada y asertiva es la sobriedad, la cual es capaz de brindar lucidez al dirigir nuestros pasos, mesura para proceder frente a las diversas circunstancias de la vida y prudencia para reflexionar y acometer con sensatez el rumbo de cada una de nuestras acciones. No es fácil medirnos en esta balanza pues siempre será más sencillo relativizar todo lo que está a nuestro alrededor y pensar que es “normal” lo que sucede, que debemos modernizarnos y dejarnos llevar por lo que está “de moda” y así vamos de generación en generación, repitiendo, imitando y sintiendo como propio aquello que ni siquiera muchas veces pertenece a nuestras raíces.


De la mano a la sobriedad está la templanza, la cual ayuda a regular nuestro proceder para minimizar las situaciones que puedan llegar a atentar contra nosotros mismos o contra los demás. Lo anterior lo baso en que cada vez es más fácil comportarnos de una u otra manera de acuerdo a lo que conviene o no; de acuerdo a la realidad que estamos viviendo; de acuerdo a la edad y a las costumbres del sitio en el cual vivimos. Es posible que por estar en algún grupo (muy común en los adolescentes) nos dejamos involucrar y hasta realizamos todo lo que nos dicen nuestros pares por temor a ser rechazados; y estas peticiones no son las más adecuadas para la salud e integridad física. Es allí donde entra a regir la templanza y la sobriedad. La primera, porque concede el poder de decidir lo que está bien o está mal. Y la segunda, porque facilita el razonar con serenidad y equilibrio, habilidades básicas para lograr vivir con armonía, paz y felicidad.


Quien logra plasmar la sobriedad en sus actos, jamás antepondrá los vicios, instintos, el vivir desmesuradamente, sin normas y sin reglas por encima de su propia vida y por tanto, las de sus seres más queridos. Templanza y sobriedad son una combinación perfecta para enfrentar con decoro, rectitud, equilibrio y estabilidad cada momento de la vida, aprendiendo de las experiencias y reflexionando para ser cada día una mejor persona que ayude a construir el bien para sí mismo y los demás.


[...]. No se puede ser hombre verdaderamente prudente, ni auténticamente justo, ni realmente fuerte si no se posee también la virtud de la templanza. Se puede decir que esta virtud condiciona indirectamente todas las demás virtudes, pero se debe decir también que todas las demás indispensables a fin de que el hombre pueda ser «moderado» o «sobrio» (JUAN PABLO II, Sobre la templanza, Aud. gen. 22-XI-1978).


Debemos dejar de lado todas aquellas circunstancias y actitudes que nos hagan caer en lo desmedido, exagerado, desenfrenado, excesivo, desmesurado, desaforado o desproporcionado (términos que van en contra de la sobriedad) y que poco a poco nos alejan de la cordura porque nos obliga a vivir el egoísmo, el hedonismo, la permisividad, la pérdida de valores y demás escenarios que nos hacen caer en lo profundo de un orificio sin salida. Ese modo de ver la vida como algo pasajero, en la cual vivir al máximo significa sólo placer, nos aleja del raciocinio predominante que debe imperar en la persona humana.


Por el contrario, ser moderados, mesurados, medidos, austeros, serenos y prudentes, nos orientará en el alcance del equilibrio en cada acción, enfocándolas hacia la búsqueda del pensar antes de actuar para no equivocarnos; a reflexionar sobre las decisiones tomadas y preocupándonos por las consecuencias de los actos.

 

Muchas veces queremos revertir nuestros proceder o devolver el tiempo para que no nos hubiéramos equivocado, para no haber herido a alguien, para poder borrar nuestras acciones o nuestras palabras, pero es mejor evitar el acometer atropellos con nosotros o con los demás. El poder tener todo tan organizado o como comúnmente se escucha, “fríamente calculado”, no es fácil pues no somos dueños del tiempo ni de las reacciones de las personas; pero lo esencial es alcanzar las metas propuestas sin temor a equivocarnos y será de mucha ayuda, el poder caminar con la frente en alto, sin remordimientos y sin preocupación de habernos equivocado por pretensión o por omisión.


“La vida recobra entonces los matices que la destemplanza difumina; se está en condiciones de preocuparse de los demás, de compartir lo propio con todos, de dedicarse a tareas grandes. La templanza cría al alma sobria, modesta, comprensiva; le facilita un natural recato que es siempre atractivo, porque se nota en la conducta el señorío de la inteligencia. La templanza no supone limitación, sino grandeza. Hay mucha más privación en la destemplanza, en la que el corazón abdica de sí mismo, para servir al primero que le presente el pobre sonido de unos cencerros de lata”. (Amigos de Dios, Frutos de la Templanza, punto 84, San Josemaría Escrivá de Balaguer).


Siempre será honroso poder compartir con personas sabias y rectas en el carácter ya que dejan una inexplicable sensación de sabiduría, confianza y de enseñanza, pues son ejemplo vivo de la acción cara a la madurez, la formación del criterio y del sentido común para emprender tareas grandes y con sentido realmente humano. Debemos evitar al máximo la nimiedad de la repetición de los actos por compromiso y ejecutarlos con convicción de hacer lo imposible por edificar en lugar de destruir, y esto sólo puede iniciar desde lo más profundo de cada ser, pensante, importante e irrepetible.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 22.09.2016

 

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“Yo te recibo a ti  como esposo (a) y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad  y así amarte y respetarte todos los días de mi vida”.

 

Estas palabras que muchas veces por el afán y por el estrés del día de la boda, se pronuncian sin considerar el significado que encierran y que, en muchas ocasiones se olvidan en el día a día de la vida, son trascendentales para detener el tiempo y recapacitar cuán importante son en el camino que se inicia de a dos en el momento del matrimonio. “Yo te recibo a ti” involucra un todo, incondicional y absoluto, con los defectos y virtudes. “Yo me entrego a ti” indiscutiblemente es una muestra de la capacidad de donación hacia el ser amado, en cuerpo y alma. “Serte fiel” consiste en vivir y sentir la virtud de la fidelidad, unida a la lealtad, la confianza y la sinceridad. “En la salud y en la enfermedad” como signo divino de amor verdadero, que se manifiesta en la seguridad de entregarnos y descansar confiados en que vamos a estar con la persona que nos acompañará en todos los instantes de la vida, así haya oscuridad o luz. Es sencillo estar juntos en las alegrías; es sobre natural estar en las desavenencias y en las contrariedades.

 

Dios instituyó el matrimonio como un sacramento que es signo visible de gracia. Y ¿qué significa “visible de gracia”? El matrimonio, como todos los sacramento, es un don que Dios concede para poder alcanzar la vida eterna porque es presencia viva de que Él existe en cada alma y en las acciones (cuerpo). Y conociendo este significado trascendente, es importante cuestionarnos si somos capaces de poder llevar con responsabilidad esta decisión la cual se ha tomado de manera libre y con la certeza de unir los caminos en uno solo hacia el alcance de objetivos comunes. Al entonces recibir la bendición del santo matrimonio estamos reconociendo esta gracia Divina, capaz de darlo todo por el ser amado, de transformar positivamente todo lo que nos rodea para el bien común y el alcance de la felicidad.

 

Ese  amor que nace un día y que se va robusteciendo a través de los años, es la razón de ser del matrimonio. Se debe cuidar con pequeños detalles para que crezca y se fortalezca, para que al pasar los años podamos sentir y decir con seguridad “Hoy yo te amo más que ayer”. El verdadero amor debe nacer de lo más profundo del ser y está orientado a hacer el bien al ser amado.  Mimarlo, protegerlo, engrandecerlo, consentirlo y  ayudarlo, deben ser condiciones necesarias que se vivencien en la cotidianidad de la vida en pareja. Qué maravilloso es poder compartir nuestro camino con una persona excepcional, que lo da todo por hacernos felices, por dedicarnos su tiempo y su espacio para disfrutar juntos, pasear, jugar con los hijos, leer, orar, cenar, y demás momentos que hacen estrechar lazos indisolubles.

 

Es fácil organizar y llevar a cabo una boda (porque hasta podemos contratar a una empresa o a personas expertas para ello); la tarea magnánima está en lo que se emprende a partir de la bendición de Dios. Ese saludo diario, el reconocimiento de lo bueno que tiene la pareja, la dedicación y la manera de tratarla, la resolución de los problemas con asertividad, y muchos otros momentos que van hilando el lazo resistente de virtudes esenciales en el matrimonio como la amistad, la comprensión, la tolerancia, la alegría, la bondad, la fe y la esperanza.

 

El matrimonio como vocación, como lo expresó San Josemaría Escrivá de Balaguer porque “…está hecho para que los que lo contraen se santifiquen en él, y santifiquen a través de él: para eso los cónyuges tienen una gracia especial, que confiere el sacramento instituido por Jesucristo. Quien es llamado al estado matrimonial, encuentra en ese estado —con la gracia de Dios— todo lo necesario para ser santo, para identificarse cada día más con Jesucristo, y para llevar hacia el Señor a las personas con las que convive”; nos llama a trabajar por la tarea diaria de perfeccionarnos y ayudar a perfeccionar al conyugue. Es un trascender a través del esposo o de la esposa, de santificarnos y ganarnos el cielo.

 

En muchas ocasiones escuchamos decir entre los esposos “te amo igual que cuando nos casamos”, pero realmente la clave está en alimentar tanto ese amor, que con el tiempo llega a ser más grande que el inicial. En el noviazgo, época en la cual conocemos a la persona con la que decidimos emprender el matrimonio, es una etapa en la que en muchas ocasiones dejamos pasar detalles que sería conveniente identificar antes de dar un paso tan importante, como la manera de ser de la persona, el trato personal, los valores y los aspectos por mejorar. A veces consideramos que podemos llegar a cambiar hábitos o costumbres al casarnos y en la mayoría de las circunstancias éstos, no se atenúan, por el contrario, se acrecientan ocasionando la ruptura del matrimonio. 

 

Pero lo que debe quedar claro, es que en el momento en que tomamos la decisión voluntaria y madura de emprender juntos un camino y bendecirlo con la unión grandiosa del matrimonio, no hay vuelta atrás. Debemos luchar porque ese camino sea orientado hacia Dios; de la mano con Él podremos encontrar la solución a muchos conflictos. No digo con ello que será un camino fácil y sin obstáculos porque se podrán presentar muchos, pero con su compañía siempre será más llevadero todo lo que tengamos que atravesar. No existen montañas que sean imposibles de escalar, ni tormentas que persistan ilimitadamente. Sólo debemos esperar el tiempo de Dios y orar porque todo pase y por el contrario, fortalecernos y unirnos más en el matrimonio. 

 

¿Qué amamos más o valoramos más? Aquello que más nos cuesta. Lo fácil es efímero y transitorio, sin importancia muchas veces. Por eso, es indispensable siempre pensar antes de actuar. Es un refrán muy repetido pero que es válido recordarlo en este momento. ¿Cuántos matrimonios se han terminado o se han quebrado por un momento vivido del cual nos arrepentimos toda una vida?, ¿Cuántas palabras hirientes hemos expresado al ser que más amamos y dejamos huellas de dolor en su corazón? Amar sin condición es demostrarlo en cada momento y en cada lugar, repitiendo y demostrando sin cansancio: “Hoy yo te amo más que ayer” y “posiblemente menos que mañana”… 

 

La actitud y el deseo permanente de los cónyuges por conservar y cuidar el amor deberá de ser uno de los mayores anhelos porque de ello dependerá la felicidad del hogar y el legado que se deje sembrado en sus hijos. Nada hay más fuerte entre la pareja que el amor verdadero, aquel que lo soporta, lo entrega y recibe todo desinteresadamente. Y que se transmite con el simple hecho de observarlo en cada acto de cariño, de ternura, de sacrificio, de simpatía, de servicio. 

 

Siempre debemos recordar que el amor se vive y se siente dentro de cada quien y se transforma en hábitos de hacer el bien en cada momento, circunstancias y lugar, y definitivamente se debe empezar desde casa, que es el primer espacio vital para poner en práctica los buenas costumbres y los sentimientos más sublimes.

 

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Blogs LaFamilia.info - 02.07.2016

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Cada día que amanece debe ser motivo de gratitud, de congratulación, de alegría absoluta y de gozo interior. Cada momento que transcurre en nuestras vidas debe ser el impulso para la búsqueda incansable de trascender, de perpetuar en el corazón de las personas, de ser recordados por las cosas buenas que podamos realizar por el bien de nosotros mismos y también de los demás.

 

La vida es una sola y hay que disfrutarla al máximo: amando a quienes nos rodean, escuchando cada palabra de aliento, agradeciendo cada uno de los instantes, perdonando cada palabra o acción equivocada. No esperemos a que pasen los años y volvamos la mirada con lamentos. No esperemos perder para luego extrañar. Actuemos en el ahora, en el presente, con convicción y determinación. Abramos los brazos para recibir que son muchas las bendiciones que llegarán cuando nos fortalecemos con la fe en Cristo.

 

Es por esto, que en el mes de agosto reflexionaré acerca de una palabra tan olvidada en la acción porque consideramos o sentimos que nos merecemos todo, y ésta es la del agradecimiento. Es natural que en la cotidianeidad siempre esperemos que nos reconozcan por lo que debemos hacer, por el trabajo diario, pero realmente esta actitud debe ir más allá de lo habitual. El agradecimiento debe estar intrínseco en las buenas acciones, en la retribución que tenemos hacia los demás cuando reconocemos sus esfuerzos, no solo con un “gracias” que a veces se dice mecánicamente pero que debe conllevar además de la expresión, una sensación de reconocimiento real por la otra persona por ese gesto de amabilidad, de servicio, de retribución. Es muy sabio poder descubrir la bondad y la verdad en las acciones de los demás y buscar la manera de expresarles que son muy importantes en nuestra vida, que sin ellos sería difícil continuar el camino.

 

Existen diferentes maneras de poner en práctica esta virtud dentro de la cotidianeidad de nuestras vidas. Una de estas es la oración diaria, la que nos permite transportarnos a un mundo de esperanza, de fe, de gratitud con nuestro Creador. Nada más significativo puede estar por encima de esta actitud, ya que sin Dios, no tendríamos la oportunidad de estar viviendo y disfrutando de todo lo alcanzado o logrado. Él lo es Todo, es Infinito en su misericordia, en su bondad. Es magnífico poder dar gracias al levantarnos, al recibir la mañana, al respirar, al deleitarnos con la belleza de la naturaleza, al recibir el sol y el viento, ¡Tantos dones otorgados y maravillas creadas para nuestro beneficio!

 

Otra forma de dar las gracias es retribuir nuestras acciones hacia los seres queridos. ¿Cuántos días pueden pasar sin reconocer en la familia, en los amigos, en los colegas, una palabra de motivación, un gesto de solidaridad, un abrazo de gratitud? Posiblemente son las personas a las que olvidamos con frecuencia o porque pensamos que es obligación recibir más de lo que debemos entregar. Cuando me remito a entregar no lo hago en sentido de lo material, basta con la expresión de afecto constante, no en los momentos de alegrías sino también en las dificultades, en la soledad de la vida, en las tristezas y en el abandono. Es nuestro deber estar alertas a las necesidades de los demás. Sólo allí estaremos demostrando verdaderamente la gratitud. A veces, consuela más una llamada o una visita inesperada, que un regalo costoso; una ayuda o un consejo en un instante de desconsuelo, que una salida de farra. Debemos estar ahí, donde nos necesitan. Saber escuchar el corazón del amigo, del cónyuge, del hijo, para poder entrar y quedarnos permanentemente.

 

También debemos compensar nuestra relación con la naturaleza. Es obligación de cada uno de nosotros poder entablar una conexión grata con el ambiente el cual nos brinda tantos beneficios. Es lamentable ver cómo día a día estamos acabando con el medio que nos provee bienestar, alimentos, salud y los diferentes recursos que ayudan a que tengamos una vida mejor. Debemos incluirnos en esta falta de cuidado porque es incalculable el daño que también podemos generar por medio de acciones diversas, y estos pueden ser irreversibles, como el uso excesivo de jabones y detergentes, la falta de reciclaje desde casa, el malgaste de los recursos naturales, el uso de plástico, y demás situaciones que vivimos y que nos hemos acostumbrado a realizar como lo habitual y realmente nos hace falta más conciencia para poder cuidar lo que la naturaleza nos regala. Sembremos más árboles, cuidemos y usemos racionalmente el agua, evitemos usar tantos plásticos, y realicemos más acciones que ayuden a que los recursos naturales perduren y puedan ser disfrutados por nosotros y las futuras generaciones. Sólo así demostraremos gratitud con la naturaleza, fuente de vida y de riqueza.

 

Para hacer palpable la virtud del agradecimiento en cada uno de los contextos anteriores y en muchos otros más, sólo bastará con practicar sencillas acciones que tengan como base la generosidad, la bondad, la solidaridad, la alteridad y la misericordia. Estas virtudes serán la razón de ser de nosotros, las que nos hagan pesar la báscula de la entrega a los demás, las que nos brindarán un motivo por el cual dar las gracias a cada instante. ¡Tenemos tanto pero agradecemos tan poco! ¿Te has puesto a pensar alguna vez si has agradecido lo suficiente? ¿Si has podido retribuir todo el esmero, el sacrificio y el amor de tus padres? ¿Estás alerta y dispuesto a ayudarlos en estos momentos en donde más te necesitan?; has reflexionado alguna vez ¿Cómo ha sido tu actitud frente a quienes te han tratado de enseñar durante cada etapa de tu vida? ¿Tu actitud ha sido de agradecimiento frente al buen consejo? O piensas que ya todo lo conoces y lo sabes?

 

Para poder emprender cada acción con la actitud del agradecimiento tenemos que despojarnos en primera medida de la soberbia, la cual no permite ver más allá de lo que creemos saber. En segunda medida de la falta de caridad, ya que desconocemos la importancia que tienen las demás personas en nuestra vida y, en tercera medida, del perdón, el cual sana el alma y nos permite poder aceptar y replantear nuestro camino; muchas veces hemos de agradecer también por las cosas no tan positivas pero que en ocasiones nos fortalecen o nos hacen corregir la manera de proceder. No solo lo bueno nos da aprendizaje; las experiencias no tan gratas también nos deben fortalecer.

 

A cada instante debemos luchar incansablemente por esa luz de esperanza que debe brillar en nuestras vidas para alcanzar todo lo que nos proponemos. Debemos ser agradecidos y todo lo que esto significa. Somos lo más importante en nuestra propia vida, si no agradecemos por lo logrado, por lo maravillosos que somos, quién lo hará por nosotros? No abandonemos las costumbres sabias que nos identifican como verdaderas personas: el bendecir cada acción y cada palabra; el disfrutar de nuestros seres queridos; el tener un techo, un trabajo, unas comodidades. Y qué bueno sería, poder compartir parte de estas bendiciones con quienes tienen tantas necesidades. Miremos alrededor de nosotros y escuchemos el llamado de Dios para acercarnos más a Él y por tanto, a toda su Creación. Vivamos con esmero la gratitud y empecemos con nosotros mismos y con todo lo que está a nuestro alrededor. Muy seguramente extenderemos este hábito esencial para vivir la vida con verdadera intensidad, no la malsana sino la que nos traslade a la verdadera felicidad. 

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

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