Blogs LaFamilia.info - 15.07.2016

 

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Nada más gratificante que el deber cumplido, aquel que va encaminado a la verdad, la razón de ser y el servir a los demás. Todo aquello en contra de los principios y designios cristianos, limita con lo inhumano, impío e indiferente. Cuando nada nos turba al actuar incorrectamente, estamos llamados a revisar nuestro interior para enfocarnos y re direccionar nuestros pasos para alcanzar el bienestar tan esperado. Por lo anterior, en este mes reflexionaré alrededor de una virtud, cuya definición estamos seguros de conocer, pero que en el proceder es un poco difícil de identificar cuando la infringimos.

 

“No temas a la Justicia de Dios. —Tan admirable y tan amable es en Dios la Justicia como la Misericordia: las dos son pruebas del Amor”. (Camino, p. 432. San Josemaría Escrivá de Balaguer).


La frase de “dar a cada quien lo que merece” y “la justicia tarde o temprano llega” podrían encasillarse dentro de lo que esperamos que suceda en nuestros pensamientos como merecido castigo o de condición de venganza ante situaciones vividas, sentidas o conocidas a través de diversos medios. A veces nos dejamos llevar por lo que escuchamos decir o por lo que sienten las demás personas ante circunstancias de la vida, midiendo las acciones con subjetividad, con pasión, con exaltación y muchas veces, indignación. Es muy fácil juzgar, apresurarnos a formar conceptos a priori de otras personas por lo que escuchamos decir de los demás, por una primera impresión. Y cuán difícil es cambiar esa imagen que a veces a través de otros espejos, formamos de alguien.


¿Es necesario abrir nuestros oídos ante los comentarios de los demás, en grandiosas cantidades un poco dañinos, para contagiarnos de irritación y desasosiego, de indignación y de sentimientos encontrados? Incuestionablemente no, puesto que debemos conocer con amplitud, a través de nuestra propia perspectiva (no la infundada), la razón de ser y/o de actuar de los demás, de su proceder, de su forma de pensar y de sentir. No estamos llamados a ser nosotros los jueces sobre lo que viven los demás; no somos los elegidos para determinar las consecuencias de sus actos. Solo Dios es el encargado de impartir esta justicia, que con endereza y ecuanimidad será esparcida, será dada como semilla sembrada a lo largo de la vida, como recompensa del deber cumplido a satisfacción sin hacernos daño a nosotros mismos o a las demás personas.


Pero realmente, ¿cómo se debe definir la justicia? Dentro de las virtudes cardinales, las cuales están orientadas a dar el norte a cada acción realizada porque son el sustento de las demás virtudes, se encuentran la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza. Se llaman cardinales porque son esenciales, fundamentales y principales para actuar frente a cada circunstancia de la vida. También se les conoce como virtudes morales.


Entonces, “la justicia como virtud moral, consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. Para con Dios es llamada “la virtud de la religión”. Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo. “Siendo juez no hagas injusticia, ni por favor del pobre, ni por respeto al grande: con justicia juzgarás a tu prójimo” (Lv 19, 15). (Tomado de www.vatican.va)


De acuerdo a lo expresado, y teniendo en cuenta la necesidad de vivir la justicia, con todo lo que ello implica, es importante resaltar que esta virtud no se debe encaminar únicamente a recibir o a dar lo merecido. Como personas justas, imparciales, firmes y ecuánimes, debemos actuar siempre de manera recta e intachable, haciendo que se cumpla siempre la bondad en cada acto; sin cuestionar o recriminar por lo que no hemos recibido. En el transcurrir de nuestra vida siempre habrá un momento en el cual recibamos retribución alguna por el deber cumplido y qué más grande gratificación que ganarnos el cielo.


La justicia como virtud moral, debe ser la ruta a seguir en el hogar, en el trabajo, en todo momento y lugar. ¿Cómo mediríamos el cumplimiento de esta virtud en la cotidianidad? Se podrían dar muchos ejemplos prácticos para reflexionar más a fondo sobre la virtud en mención y poder establecer acciones de mejora ante momentos de debilidad frente a cómo actuar con las personas que por cercanía y confianza, son las que con facilidad hacemos sentir mal, siendo realmente necesario ser más ecuánimes con ellas puesto que son la razón de ser en nuestro proyecto de vida. Con frecuencia suele presentarse que en la empresa en la que laboramos todos nos reconocen por ser personas íntegras, formales y cordiales; pero al llegar a casa, cansados y estresados por la jornada laboral, nuestro hijo se acerca a jugar y a pedir un poco de nuestra atención, y la reacción normal es con un gesto de cansancio o muchas veces con un grito -¡estoy cansado, déjame en paz!-. Es justo para nuestro hijo recibir este trato?


En el diario vivir nos enfrentamos a tantos momentos en los cuales pensamos y reaccionamos de manera apresurada y con ello trasgredimos a las personas que nos rodean y esto suele no afectarnos. Nuestro camino continúa y sentimos que es un problema que debe solucionar quien se siente ofendido por nuestro proceder. Es justa esta manera de enfrentar las circunstancias de la vida? Lo realmente esencial es reconocer nuestras faltas y pedir perdón o excusas por una palabra expresada en instantes de molestia; un gesto manifestado con desdén; una frase hiriente, porque cuando nos enojamos casi nunca medimos nuestras frases; esas quedan guardadas en lo profundo de nuestro ser y causan tristeza infinita.


Debemos reconocer que todos somos importantes, irrepetibles, únicos, especiales y significativos. No importan unos más que otros. Dios, en su infinita grandeza, nos considera igual de importantes en su creación y tiene una enorme esperanza guardada en nosotros. La justicia, es la virtud llamada a orientar nuestros actos para encaminarlos hacia la gloria y el alcance de la vida perpetua y de la felicidad absoluta, aquella que se inicia a disfrutar en lo terrenal y que nos da alas para volar hacia la eternidad.


En la medida en que seamos más justos, lograremos comprender cada circunstancia de la vida, de manera que como un búmeran, en ese ir y venir, recogeremos lo que sembremos a lo largo de nuestro proceder en la familia, el trabajo, la sociedad en general.


Los invito a revisar cada acción realizada, cada palabra mencionada, cada momento omitido, porque también somos injustos cuando callamos o pasamos sin detenernos sobre situaciones que no son ecuánimes, objetivas o transparentes. Ser justos es decir la verdad (y saberla decir); es reflexionar y corregir tantas veces sea necesario; no perdemos nada, al contrario, ganamos madurez, reconocimiento, agradecimiento y respeto; además del crecimiento espiritual que va unido de la práctica de virtudes.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 08.07.2016

 

20161107blogvfFoto: Pixabay 

 

Pensar que podemos lograr todo lo que nos proponemos o que tenemos la potestad de adquirir todo lo que deseamos, se puede convertir en una obsesión y en esta condición es fácil sumergirnos en momentos de pánico, de depresión, de negación o de desilusión.

 

Realmente no se tiene todo lo que se desea ni se logra todo lo que propone pues sería inverosímil que la vida fuera así de sencilla. ¿Cuándo se valoran más las cosas? Sin duda alguna cuando se requiere del sacrificio, del trabajo diario, constante, perseverante y dedicado. Cuando se desea fervientemente un logro, no por capricho sino por dignidad, por compromiso con nosotros mismos y con las personas que nos rodean, y cuando la ilusión se hace realidad, se alcanza una alegría muy grande, tanto que muchas veces lloramos emocionados y compartimos esta felicidad con los seres más queridos, contagiándolos de esperanza y de agradecimiento. Cabe aclarar, que a veces deseamos fervientemente que se nos haga realidad un sueño, una esperanza, un anhelo, y nos esforzamos mucho por conseguirlo pero la realidad que se nos presenta es otra a la esperada. Y con ello no quiere decir, que estábamos actuando mal o equivocadamente, simplemente las cosas no estaban para darse.

 

En otras ocasiones, lo que deseamos se convierte en situaciones efímeras porque no nos hemos enfocado en la verdadera búsqueda de la felicidad. Hay momentos en nuestra vida en los que sentimos atravesar necesidades y muchas veces, éstas son consideradas como básicas, pero en realidad no lo son, por ejemplo: la compra de un vehículo, el comprar una joya o un traje de marca, el viajar por el mundo, y el listado de las cosas materiales que muchas veces se desean y que no son tan esenciales, no terminarían, pues nos basamos sólo en lo material. La verdad es que cada vez queremos más y más. Muchas veces no nos saciamos y basamos la felicidad en lo trivial, lo pasajero. Tanto nos acostumbramos al tener, que el simple hecho de comprar no nos da satisfacción. Pero qué es lo verdadero y esencial? No puede ser más que aquello que nos llene totalmente, nos regocije, nos brinde alegría inmensa, tranquilidad absoluta, de aquella que nos haga sentir tan bien con solo compartir de la compañía de esa persona a la que se ama demasiado, así sea tomándose un café sentados en un cojín frente a una chimenea.

 

¿Pero qué sucede cuando no obtenemos lo que tanto deseamos? ¿A quién le damos la responsabilidad? Indudablemente en la realidad, a los que nos rodean, a la vida misma, a Dios, a la suerte. Y no es cierto que los demás tengan una mejor vida, simplemente son circunstancias que se presentan y miden nuestra paciencia, nuestra fe y el sentido de existir y de encontrar la verdadera felicidad, no la que se compra, sino la que se siente dentro de sí mismo, a pesar de la adversidad. Solo Dios brinda esa seguridad, esa calidez que abriga, ese amor que reconforta, esa sabiduría con la que se aprende a aceptar sin cuestionar, sin desear lo que los demás tienen, de vivir y dejar vivir, de amar y dejarse amar. Cuántas personas lo tienen “todo” y algo les falta para ser felices.

 

Entonces, seguimos cuestionándonos, ¿qué sucede en nuestras vidas cuando lo que soñamos o por lo que trabajamos no se nos hace realidad? ¿Qué sucede dentro de una familia en la que se ha soñado con que los hijos recorran todo el recinto del hogar con sus pasitos y con sus carcajadas y en esa espera, nunca llegan? Es el caso de dos personas, hombre y mujer, que se encuentran, se conocen, se aman y unen sus vidas por la gracia y bendición divina, para construir un camino juntos; buscan formar un hogar, sueñan con tener hijos pero esa luz poco a poco se va extinguiendo?

 

No es una situación fácil de aceptar pues lo más duro es reconocer que no se puede ser mamá o papá biológicamente. Es duro enfrentar la sociedad. Las preguntas de las personas inoportunas, las miradas de los que no comprenden y los juicios a priori, son algunas de las situaciones incómodas que suelen presentarse, además de la lástima de los amigos, los familiares y demás. Y si los hijos no llegan, ¿qué hacer? Posiblemente llorar inconsolablemente, echar culpas a los demás, huir del problema, encerrarnos en nosotros mismos, abandonar al ser amado que hemos aceptado para emprender un camino juntos, en las buenas y en las malas. Pero la realidad debe ser otra.

 

Antes que nada, como el primer paso, hay que buscar en lo más profundo del corazón si en realidad deseamos ser padres, examinando la verdad de lo que anhelamos, no por satisfacer el ego de serlo, de lograrlo a como dé lugar, como buscando un trofeo, pues un hijo no es un objeto que se busca en un supermercado. Un hijo o hija es una enorme responsabilidad que requiere de convicción, vocación, entrega, compromiso, servicio, sacrificio y amor del más grande pues ser padres es por toda la vida y hasta la eternidad.

 

En segunda medida, debemos aceptar la realidad. A veces se buscan incansablemente las causas por las cuales no se puede engendrar esa semilla que traerá muchas alegrías al hogar; en otras ocasiones se buscan diferentes alternativas de procrear (las cuales no voy a juzgar ni a tratar en esta reflexión). Pensamos que todo es tan fácil de lograr que en el intento y en el fracaso más desilusionados nos sentimos.

 

Un tercer momento será siempre el tomar decisiones, pero no individualizadas, tratando de imaginar ese futuro sin hijos o con hijos. Porque el tiempo pasa y no vuelve atrás. A veces las decisiones se deben tomar con fortaleza y convencimiento, pensando en el bien de la pareja, de la familia que se ha iniciado, juntos, sin pensar en lo que los demás deseen, porque es una construcción entre dos (esposo y esposa). Cuando también tomamos la decisión de casarnos, lo debemos hacer con propiedad, teniendo presente que la travesía comienza entre dos, el uno complementándose con el otro, recordando siempre que nos ganamos el cielo a través del cónyuge. Si nos unimos por voluntad propia, es nuestro deber permanecer de igual manera unidos, enfrentando las situaciones que se llegasen a presentar para bien o para mejorar. Es muy triste que antes de ser padres pongamos realidades diferentes por encima, que por vanidad o por egoísmo nos parecen más importantes y que cuando nos damos cuenta, hemos sacrificado tantos momentos significativos que más adelante, muy posiblemente nos pesará. Hay parejas que se unen sólo por viajar o por disfrutar de la vida, cuando también se puede construir un futuro, disfrutar y crecer en pareja y en familia.

 

En el cuarto lugar, se deben prever alternativas para ejercer la paternidad. En la realidad hay muchas maneras de ser padres; hay algunas personas que se sienten plenas dedicando su vida a seres queridos y cercanos y que son como sus hijos, como sobrinos, hermanos menores, ahijados, etc. Hay personas que deciden ser padres de corazón a través de la adopción. Esta última alternativa es maravillosa; hay una gracia especial en ser mamá o papá de corazón porque hay unos vínculos que vienen de Dios y que se estrechan tan sobre naturalmente que es indescriptible e inexplicable lo que sucede. Qué milagro más grande cuando se unen seres que nacieron por diferente camino y que por la voluntad divina se encuentran y se entrelazan en un amor grande y puro como es el de la familia.

 

Y si los hijos no llegan… complementaría, naturalmente, existen enormes posibilidades de ser papá y mamá. Ejercer por voluntad propia esta condición humana de trascender conlleva a estar unidos por un lazo invisible pero demasiado fuerte, al amor infinito que Dios nos tiene, porque sólo Él es el encargado de hacer realidad este sueño maravilloso. Una vez que se inicie este compromiso, es irrevocable. Por ello es muy importante que antes de tomar la decisión de ser papá o de ser mamá, siempre volvamos al primer paso… ¿Deseamos ser papás? O sólo es la presión de la sociedad.

 

El que es papá o mamá actualmente y no ha tenido en cuenta una reflexión sobre su acción, anticipándose y preparándose para ser el mejor guía, orientador y formador, es el momento de detener sus pasos en el camino iniciado y de reconsiderar cuán importante es la huella que están dejando sobre ese hijo o hija. Todo lo que él o ella va a alcanzar en su vida está unido a su ejemplo, a su orientación, acompañamiento, formación y amor. Sin duda alguna, el que se prepara para ser un buen padre o para ser una buena madre, estará recapacitando permanentemente para corregir sus acciones y lograr su perfección para el bien de su hijo o hija; el que es padre o madre por accidente y lo acoge con agradecimiento, amor y entrega, logrará también sembrar un camino lleno de lo mejor para esa personita que llegó a su vida, muchas veces sin estarla esperando, pero que en la realidad, será su compañía y más preciado tesoro en su vida.

 

Siempre valdrá la pena el esfuerzo y el sacrificio por la felicidad de ese hijo o hija que será el fruto y el reflejo de la labor incansable de papá y mamá.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 13.05.2016

 

mansedumbreblogvf

 

En la mayoría de los países del mundo se celebra el mes de las Madres en Mayo. En esta celebración se hace homenaje al ser que da todo de sí para cuidar y amar desinteresadamente a sus hijos.

 

Ese ideal de madre, que surge como instinto natural y que se da sin reservas ni condiciones a cada instante, merece ser resaltada por su esplendor y gracia divina, porque es capaz de lograr con una sonrisa, con una mano amiga, con una palabra sabia y con una compañía irremplazable, el verdadero milagro de la vida: el sacrificio por el otro. Ser madre no se improvisa, se hace y se solidifica con cada experiencia vivida, en el día a día, en la cotidianeidad, en el acertar y equivocarse.

 

Por lo anterior, en este mes, expresaré el significado de este ser maravilloso en unión a la virtud de la mansedumbre, ya que no puede existir entrega sin humildad; serenidad sin sabiduría y fidelidad sin bondad. Todas las anteriores características están intrínsecas en la mansedumbre, que conlleva a actuar con discreción, serenidad, calma y moderación en cada momento y lugar, destacando con ello la paciencia y el saber esperar por recibir a cambio sólo la asertividad en la toma de decisiones de sus seres amados: esposo e hijo (s).

 

La mansedumbre, virtud que en esta reflexión bautizaré también con el nombre de docilidad, está llamada a contemplar la belleza de toda la creación. Una madre, indiscutiblemente tiene en su actuar mucho de mansedumbre pues en cada momento de su existencia requiere de la sabiduría y de la serenidad para tomar decisiones y asumir las consecuencias de sus actos. No es sabio realizar las actuaciones con orgullo ni con intolerancia pues estas reacciones sólo traerían molestias y resentimientos que poco a poco van deteriorando las relaciones interpersonales. Además, la docilidad o mansedumbre, también es señal de dulzura, suavidad y miramiento, actitudes que traen como consecuencia el acercamiento con el otro, de una manera apacible y pacífica que toca el alma con regocijo y bienestar.

 

Es más sabio actuar con docilidad cuando se está ante situaciones adversas. Dicen que después de la tormenta llega la calma, indiscutiblemente que sí, pero cuántas marcas deja este suceso en la vida de las personas: árboles arrancados de raíz, casas destruidas, inundaciones, y demás catástrofes que pueden llegar a presentarse. Entonces, imaginemos por un momento una tormenta en nuestro hogar: palabras hirientes, gritos, miradas que dañan, gestos displicentes, rencor, en fin, sentimientos que dejan huellas en lo más profundo de nuestro ser y que son difícil de borrarlas porque hacen daño y nos duelen, causando muchas veces rupturas y separaciones que no dan marcha atrás.

 

Por eso, la madre, símbolo de la fraternidad y bondad infinita, es la llamada a la calma, la sabiduría, la tranquilidad. A pensar y a decidir lo mejor para su familia y a dialogar con sus integrantes para sacar lo mejor de cada circunstancia, sin caprichos y sin obstinaciones, solo por amor. Esta tarea no es fácil ni simple, es magnánima, generosa y noble, y traerá grandes satisfacciones porque con amor se logran grandes metas.

 

A veces se mal entiende la actitud de mansedumbre con dejar que nos pisoteen, que nos humillen o que pasen por encima de nosotros, pero es todo lo contrario. A través de esta sabia virtud, nos hacemos más fuertes y capaces de enfrentar cualquier circunstancia porque la comprendemos cara a Dios, como una forma de perfeccionamiento y de ganarnos el cielo desde el mismo instante en que actuamos con convicción de ser mejores personas cada día. Además que cuando actuamos de manera contraria, es decir, con aspereza, intolerancia, intransigencia o rebeldía, sólo podremos recibir exactamente las mismas actitudes, convirtiendo cada momento en un círculo repetitivo de acciones inapropiadas que nos dañan progresivamente. San Josemaría Escrivá de Balaguer lo ejemplificó sabiamente en Camino, punto 8, “¿Por qué has de enfadarte si enfadándote ofendes a Dios, molestas al prójimo, pasas tú mismo un mal rato... y te has de desenfadar al fin?”. Lastimosamente por la misma pasión que nos caracteriza, nos dejamos llevar por el orgullo y la falta de tacto al resolver los problemas, trayendo con ello situaciones aún más conflictivas, hasta el punto de romper relaciones entre los mismos miembros de la familia. “Eso mismo que has dicho dilo en otro tono, sin ira, y ganará fuerza tu raciocinio, y, sobre todo, no ofenderás a Dios”. (Ídem, punto 9).

 

Cada paso que se va a dar en la vida debe ser pensado y reconsiderado sabiamente porque no hay vuelta atrás y se puede crecer en madurez y consolidación de buenas acciones como también en actos inapropiados, que van en contra de nuestra dignidad y la de los demás, que dañan y que nos lastiman. La vida es solo un instante, un tiempo prestado y se va edificando con momentos efímeros, que si hacen parte de decisiones y pensamientos claros, podrán ayudarnos a ser felices.

 

La madre es la señal viva de que Dios existe porque sólo Él pudo haber pensado que ella, nos cuidaría con un amor infinito, como él nos amó. Le dio la fortaleza para enfrentar los obstáculos, sabiduría para resolver las situaciones cotidianas, mansedumbre para actuar con paciencia y docilidad, amistad para comprender y entender al otro, alegría para contagiar de esperanza a sus seres queridos y misericordia para ser compasiva, piadosa y ayudar a los demás.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

Licenciada en Educación Básica; especialista en Informática Educativa, en Gerencia de Instituciones Educativas y en Pedagogía e Investigación. Con amplia experiencia en docencia. Felizmente casada y madre de un hermoso bebé. Esta dirección de correo electrónico está protegida contra spambots. Usted necesita tener Javascript activado para poder verla.

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Blogs LaFamilia.info - 09.06.2016

 

juniojubilo

 

En este mes, ahondaré en la actitud del júbilo, necesaria para enfrentar con tesón y con agrado cada circunstancia que llega a nuestras vidas, reconociendo que la única manera de salir a flote y poder respirar con tranquilidad es con la fe, la seguridad, la esperanza, el anhelo de poder encontrar la luz al final del camino.


A pesar de presentarse en nuestra vida alguna situación adversa, estamos llamados a ser presencia viva de Dios y de sobrepasar cada situación a la luz de su llamado a la santidad y perfección constante. Si detenemos nuestros pasos y miramos hacia atrás, podremos contemplar tantas experiencias y cada una de ellas han sembrado aprendizajes o han ayudado a madurar: situaciones positivas, por mejorar, por recomenzar, pero si estamos firmes y comprometidos con la vida, muy seguramente, serán tan pequeñas para ajustar, pues cara al bien, estaremos dispuestos a reflexionar y a afinar nuestros pasos. Lo anterior deberá ir siempre de la mano de la alegría constante, del gozo por el deber ser, de la satisfacción por el alcance de cada meta, de la dicha por el sendero recorrido.


“Se notan entonces el gozo y la paz, la paz gozosa, el júbilo interior con la virtud humana de la alegría. Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza. Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio; en cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente”. (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, punto 92)


Siempre es de esperar que todo nos salga a la perfección y la vida real, tiene un sin fin de condiciones que nos deben ayudar a ser mejores personas cada día, con alegrías y sin sabores. Escuchamos con mucha frecuencia “el oro se forja en el fuego”, sin embargo, a veces nos dejamos afligir con mucha facilidad y nos quebrantamos perdiendo toda esperanza. Nos dejamos llevar por el pesimismo y la decepción. Y para sobre llevar con mayor facilidad las situaciones difíciles es esencial que actuemos con júbilo.


Al remitirme a esta actitud, hago referencia a la manera como debemos enfrentar todo lo que se nos presente. La alegría que debe ser intrínseca, cala en lo más profundo de nuestro ser, ayudándonos a ver todo con el lente de la ilusión, de la confianza, con la certeza de poder salir adelante y de lograr convertir un sueño en una realidad, porque contagiarnos de júbilo nos permitirá mantener viva la esperanza de hacer posible lo imposible, de conquistar el mundo entero, de transmitir lo mejor de cada uno de nosotros a todos los que nos rodean, de brillar con luz propia, de intensificar el empeño por convencer (con el ejemplo) y ser líderes para el bien. El júbilo sólo se enseña o transmite a través del obrar, no con la palabra; se contagia, se traspasa a los demás, porque se lleva en la sangre, dentro de cada uno.


Por eso, no podemos estar apartados de nuestro Creador. Dios es ese motor que nos da la fuerza para arremeter y emprender tantas tareas; es el encargado de darnos energía cuando sentimos que todo ha acabado y que no hay ningún signo de continuar luchando. Es también nuestra responsabilidad descubrir nuestra misión y replantear nuestro proyecto de vida porque fuimos creados para darnos a los demás y para construir un mundo en el que todos sean igual de importantes. No es un mundo egoísta ni egocéntrico, en donde todo gire alrededor de nosotros mismos, sino aquel que se dé sin reserva a los demás, sin esperar nada a cambio; solo la satisfacción del deber cumplido.


Debemos tener la esperanza también y recordar a cada instante que en la vida tenemos grandes oportunidades de resarcir y de compensar nuestras acciones, estableciendo relaciones de fraternidad y de reconciliación. Estas maneras de expresar los sentimientos son una necesidad diaria de demostrar cuan importantes somos y son también los demás. No cabe duda que dar y recibir traería un gusto adicional y por justicia, es lo que esperamos. Pero dar sin esperar nada a cambio es sobre natural. No todos tienen la capacidad de estar tranquilos y satisfechos por el realizar correctamente toda acción. Por lo general, cuestionamos o exigimos recompensa por emprender y terminar una tarea a cabalidad. Pero realmente, la santificación a través de cada acto es determinante solo para aquella persona que ha descubierto el verdadero arte de amar, sin condiciones, sin vacilaciones, sin restricciones o discriminaciones.


El júbilo estará siempre presente en cada acción realizada con bondad, con benevolencia, con entrega, con alteridad y compromiso. Una persona que se da a los demás, siempre va a estar feliz de hacer lo que hace, es un sacrificio para el cual está preparada y solo busca a través de este acto desinteresado, la felicidad de su prójimo. Es una meta muy alta que alcanzar, el poder darse sin interesarnos el sinsabor que muchas veces se puede llegar a recibir por el desagravio o la falta de agradecimiento por parte de los demás. La recompensa siempre será trascendente, pues sólo Dios dará la gloria a quienes continúen con su designio, “amar a los demás como Él nos ha amado”.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

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Blogs LaFamilia.info - 02.04.2016

 

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Al llegar a este mes, en el cual algunos países celebran el Día del Niño, destaco el valor que va de la mano de ese corazón sano e inocente, como es la alegría. En abril, ahondaré sobre esta actitud permanente de regocijo, júbilo, gozo y satisfacción, que rompe las barreras del pesimismo, la tristeza, la desesperación y el desconsuelo. 

 

«El que tiene a Dios en su corazón, desborda de alegría. La tristeza, el abatimiento, conducen a la pereza, al desgano» Madre Teresa de Calcuta.


Hablar de alegría es contagiarse de buena energía, de un gran sentido de gusto por emprender nuevas tareas, de iniciar un trayecto y tener la esperanza de que cada día será mejor; de que a pesar de las diferentes circunstancias que se presentan en la cotidianidad, todo va a pasar y al final del camino estará esa luz radiante que nos hará sentir que valió la pena la lucha, la espera, el afán por ser mejores.


Cada despertar requiere de nosotros un agradecimiento infinito a nuestro creador y una de las actitudes para ser agradecidos es vivir con esperanza, lo que significa tener confianza en lo que recibiremos por ser personas de bien, que actúan con endereza, con fortaleza y ante todo, con magnanimidad. La grandeza del alma está en enfocar toda nuestra disposición y esfuerzos por hacer siempre lo mejor en cada una de nuestras obras, trascendiendo para hacer el bien, cara a Dios.

 

El hacer bien nuestras tareas, deberes, responsabilidades y compromisos, trae como consecuencia el vivir la alegría, intrínseca, exclusiva de quien lo hace, porque trae satisfacción íntima, personal, que rebosa y se transmite a los demás. Como lo mencionada San Josemaría Escrivá de Balaguer en su libro Surco “la alegría de un hombre de Dios, de una mujer de Dios, ha de ser desbordante: serena, contagiosa, con gancho...; en pocas palabras, ha de ser tan sobrenatural, tan pegadiza y tan natural, que arrastre a otros por los caminos cristianos”.


Cada cual debe descubrir qué le da más satisfacción, mirando las cosas sobre naturalmente, es decir, para santificarnos y poder lograr la plenitud y la perfección en nuestros actos. Existen personas que enfocan su profesión en ayudar a los demás, otras orientan su sabiduría y experiencia para enseñar o para dar buenos consejos; muchas, buscan dar una mano amiga desde el trabajo que desempeñan. Pero lo importante es buscar el bienestar de los demás, ser indispensables en la vida (aunque siempre escuchemos que nadie lo es), porque ver a los demás crecer, mejorar y alcanzar metas (y más aún, cuando nosotros los hemos motivado a ello) da regocijo, da satisfacción, mucha alegría.


El deber cumplido a cabalidad genera también internamente satisfacción a pesar de que muchas veces no sea reconocido por los demás. Pero esto nos debe enseñar que nuestras obligaciones se deben cumplir no por el reconocimiento sino por el deber ser.


Cuando somos buenos padres y buenas madres, nuestros hijos no van a estar expresando “mis papás son los mejores” o la mayoría no lo van a agradecer; pero la mejor recompensa de esos padres abnegados será siempre ver crecer a sus hijos y que se conduzcan por el camino del bien. Esa es la verdadera alegría de la cual debemos embargarnos, porque no se debe buscar gloria personal ni triunfos efímeros. Ir más allá significa trascender, extender esa luz de esperanza para el que está abatido, esa fortaleza para el que está derrotado, ese ánimo para el que ha perdido la ilusión de seguir luchando. San Juan Pablo II lo precisó muy bien cuando unió la alegría con el servicio a los demás, “servir es el camino de la felicidad y de la santidad: nuestra vida se transforma, pues, en una forma de amor hacia Dios y hacia nuestros hermanos”


Vivir con alegría es un gran paso para alcanzar la felicidad, pues siendo agradecidos con lo que hemos logrado (sin basarnos sólo en lo material), con lo que hemos construido o formado (familia, amistades, relaciones laborales sanas), con lo que enseñamos y sembrado, mediremos nuestro sentido de humanidad. No estamos solos, estamos rodeados de muchas personas que requieren de nuestra atención y dedicación. Nos tenemos a nosotros mismos, y muchas veces ni nos damos el verdadero valor que nos merecemos. Nos menospreciamos y así, difícilmente vamos a vivir con alegría y mucho menos, transmitiremos este valor tan indispensable a los demás. Con la alegría disfrutamos de las pequeñas cosas, de un amanecer, un trinar de los pájaros, el delicioso sabor del agua, la brisa que acaricia nuestro rostro, la sonrisa de un niño, y demás circunstancias que por el día a día vamos haciendo a un lado y que se vuelven tan comunes.


No debe pasar de moda el decir a los demás cuánta falta nos hacen, cuán importantes son en nuestra vida, de resaltar sus fortalezas y de consolidar más aun los lazos de amor y de amistad. La razón de vivir está encaminada a ser felices y alcanzar esta felicidad es nuestra gran responsabilidad.


Los invito a partir de este día a disfrutar el gozo de la alegría en cada pequeña circunstancia de la vida como un hábito; con seguridad van a experimentar dicha, satisfacción y ganas de seguir viviendo y luchando por cada uno de ustedes y por sus seres queridos.

 

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VivianForeroBlogVivian Forero Besil

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