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Categoría: Familia y Valores
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Mª Carmen González Rivas
15.02.2010
 

 

 

Manuel tiene 14 años, cuando llega a casa se encuentra un tanto solo porque ese día como otros tantos su padre no está en casa y su madre se está arreglando para irse al trabajo. Su madre le ha dejado la comida preparada y sólo tiene que poner la mesa y comer, ante esto decide encender la televisión por ser su única compañía en esos momentos.

 

Estas situaciones son encontradas cada vez más en las familias, que sin darse cuenta están dejando pasar inadvertido el espacio más importante de comunicación con sus hijos.

 

En la mayoría de ocasiones en que me he encontrado con padres que tienen dificultades con sus hijos, no compartían este espacio con ellos, ¿Cómo darse cuenta entonces lo que les ha pasado durante el día? ¿De cómo comen?, etc. Supongo que todos cuando llegamos a casa queremos encontrarnos seguros protegidos, valorados, recibidos, acogidos,… sin embargo cuando cualquiera de nuestros hijos no tiene esta sensación, ¿Cómo después pedirle que se comporte, que estudie, que sea responsable, etc.? Los hijos necesitan de esta dedicación ya que alguien, bien sea el padre o la madre es importante que compartan esos momentos.

 

¿Cómo lograr entonces ese espacio de comunicación entorno a la comida?

 

Para empezar dicen los especialistas que es conveniente establecer la costumbre de realizar en familia, al menos una comida al día. Partiendo de esa base, bien podemos acordar en cual de las comidas del día podemos esforzarnos para estar juntos, y cómo ese espacio va ser para eso. Tenemos que darle un trato preferencial y exclusivo centrado en el nosotros, donde los ruidos externos, bien sean los del teléfono, móviles, televisión, etc. sean expulsados de ese momento.

 

¿Quién no ha tenido la sensación de no ser escuchado cuando quien se lleva toda la atención es la televisión y no la persona que está hablando por ejemplo?

Además de que en ese espacio estén ausentes este tipo de ruidos, tiene que ser un ambiente relajado, exento de tensiones y discusiones banales. Si lo vemos así asociamos ese tiempo de la comida a algo fundamentalmente positivo y placentero, inculcando en nuestros hijos que la comida es un espacio en donde uno se encuentra bien.

 

Además con este espacio de la comida fomentamos y permitimos:

 

La conclusión a todo este es que enseñamos a nuestros hijos a favorecer su autonomía, al mismo tiempo que creamos un entorno positivo que refuerza nuestros vínculos familiares actuando como factor de protección y prevención hacia futuros comportamientos en nuestros hijos.

 

Colaboración de Mª Carmen González Rivas para LaFamilia.info (Psicóloga especializada en atención a familias)

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