ReL - 25.02.2020

 

 

 

El arzobispo de París, Michel Aupetit, médico que ejerció once años la profesión antes de entrar en el seminario, acaba de publicar un libro sobre la encíclica más definitoria del pontificado de Pablo VI: "Humanae Vitae. Una profecía", donde defiende con contundencia aquella intervención del Papa Giovanni Battista Montini "sobre la regulación de la natalidad" que no solo puso en valor la ley natural en las relaciones conyugales, sino que resultó ser premonitoria de los males sociales que causaría la anticoncepción.

 

Con motivo de la aparición del libro, monseñor Aupetit fue entrevistado por La Nef:

 

-La Humanae vitae es una de las encíclicas más impopulares: ¿por qué volver a ella cincuenta años más tarde y correr el riesgo de ser criticado?

-Cuando la Palabra de Dios o una enseñanza de la Iglesia no son comprendidas, les compete a los obispos hacer que se comprendan, con pedagogía. No se trata de ser masoquista para ser criticado, sino de hablar con valentía, no por ir contracorriente, sino para establecer una roca sobre la que poder apoyarnos para no ser arrastrados por el oleaje embravecido. Por otro lado, el propio Papa Francisco nos ha invitado a redescubrir la encíclica Humanae vitae en su exhortación apostólica Amoris laetitia (AL 222).

 

-La anticoncepción, al separar la sexualidad de la procreación, separa también la sexualidad del amor. ¿No tiene origen en esta primera separación una gran parte de nuestras desviaciones éticas?

-La sexualidad está ordenada a la fecundación en todas las especies animales. Esto es verdad también para la humanidad. Pero en el ser humano, la capacidad de plantearse un acto libre para hacer una elección le permite asumir las contingencias fisiológicas y hormonales para aprender a amar de verdad. Es este amor a imagen de Dios el que da grandeza al hombre y la mujer. La sexualidad se convierte, entonces, en un lenguaje ordenado al don de la persona, un don que abre a la vida. Amor y Vida está indefectiblemente unidos. Es este vínculo el que el Papa resalta cuando habla de unión y procreación. Esto es verdad para todos nuestros actos humanos. Cuando están planteados a través del amor comprometen nuestra humanidad convirtiéndose en fuente de vida.

 

-Usted establece un vínculo entre anticoncepción, infidelidad y descenso de la moralidad, como también con la pérdida del respeto a la mujer. ¿Nos podría explicar este vínculo?

-En realidad, es el Papa San Pablo VI el que anuncia proféticamente la pérdida del "respeto a la mujer... sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico" (n. 17). La feminidad se expresa también a través de los ritmos de la fecundidad, que son manifestación de la relación de la mujer con la vida, la muerte, el tiempo y la eternidad. Negar estos ritmos es negar una parte de la feminidad y, por tanto, también de la masculinidad. Siempre es a través del otro que accedemos plenamente a lo que somos. ¿Por qué privar a la pareja, la familia, la sociedad de este camino de humanización? Pablo VI denuncia las consecuencias de esta negación: abre "el camino fácil y amplio... a la infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad" (n. 17). Denuncia también "el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales" (n. 17). Por último, aclara que con los medios modernos de comunicación se corre el riesgo de exacerbar los sentidos y toda forma de pornografía. Lo que él describió es lo que vemos en nuestra sociedad. ¿No es esto ser profeta?

 

-Usted habla de la "fecundidad que vincula la pareja a Dios, esa relación con el don de la vida que es el verdadero bien común de una sociedad". ¿Nos lo puede explicar?

-La vida orgánica siempre es un misterio. Para que pueda emerger, se necesitaron constantes físicas particulares cuyo más mínimo cambio, el más ínfimo, podría haber causado la esterilidad del universo. Pero más allá de esta verdad científica [pincha aquí para ampliar esta referencia al "principio antrópico"] se plantea la cuestión de una fecundidad que no es sólo la mera transmisión de la vida. Cuando Dios dice "sed fecundos", esto significa que el hombre y la mujer se convierten en responsables de la fecundidad y que son ellos los que transmiten la vida, no de una manera instintiva, sino libremente en concordancia con el acto creador de Dios y la bondad divina sobre las criaturas. El don de la vida es el verdadero bien que todos tenemos en común. La vida es lo que nos une los unos a los otros y este vínculo es el fundamento de toda sociedad. El Papa Francisco insiste sobre esta función social de la unión del hombre y la mujer: "Sólo la unión exclusiva e indisoluble entre un varón y una mujer cumple una función social plena, por ser un compromiso estable y por hacer posible la fecundidad" (Amoris laetitia, 52).

 

-Llegados a este punto, ante un tema zanjado (la sexualidad desenfrenada), la Iglesia, lejos de ser anticuada o inhumana por las exigencias recordadas en la Humanae vitae, ¿no es una de las últimas guardianas de una libertad y una verdad a la que muchos aspiran en el fondo de su corazón? ¿Cuál es su experiencia al respecto como sacerdote?

-Nada está definitivamente zanjado. Los excesos de una época siempre conllevan un movimiento de equilibrio hacia los excesos inversos. Por lo tanto, es necesaria una formación seria, sobre todo en antropología, que es la materia más ignorada actualmente, con el fin de poder permanecer en pie firmemente ante las olas procelosas del fariseísmo y el borreguismo.

 

*Publicado originalmente en ReL. Traducción de Elena Faccia Serrano.

 

 

 

 

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